19 agosto, 2021

LA ANDALUCIA DESCONOCIDA, PALABRA DE COMPLOT DE TABLADA

 

                      


 EDITA: Asociación EL ESPACIO - elespacio.asociacion@gmail.com DERECHOS: Esta publicación se puede copiar y distribuir libremente sin autorización de de la asociación editora siempre y cuando no se manipulen los textos contenidos. Esta publicación se ha realizado en Andalucía en el año MMXXI. La primera edición de Andalucía Desconocida de don Blas Infante Pérez fue realizada por la Junta Liberalista de Andalucía en el año MCMXXX. Impreso en la tipografía Fénix de Sevilla. ANDALUCÍA DESCONOCIDA Blás Infante Pérez La Junta Liberalista de Andalucía no tiene medios para publicar una historia de Andalucía con la extensión que ella quisiera. Forman en la Junta hombres de corazón, pero pobres. Por esto, y considerando que era indispensable dar a conocer, aun someramente, a los andaluces su propia historia, hoy enterrada y tan bien desfigurada, que los andaluces serán los primeros sorprendidos al conocer lo que fueron y la bárbara colonización por que pasaron, saca fuerzas de flaqueza y publica este resumen (original del apóstol del andalucismo Blas Infante), tan concentrado, que cada palabra y cada frase podrán constituir el punto de arranque para que los .interesados puedan ampliar por su cuenta el conocimiento interesantísimo de nuestras glorias culturales; y para los iniciados o que conozcan nuestra verdadera historia (no la germanizada que convenía a Europa y que nos hicieron aprender en las escuelas), será también motivo sugerente para propagar por la conferencia, el libro, la Prensa, la música, etc., el conocimiento de nuestra verdad histórica, ya que decir iniciado en ella damos por seguro dice también amante de su resurgimiento. Que éste se verifique en Andalucía por ella misma, para ofrendarlo a España y a todos los hombres, como reza nuestro lema, es lo que desea La Junta Liberalista de Andalucía. A NDALUCÍA tiene una historia privativa, absolutamente ignorada, por lo menos en su ininterrumpida sucesión, y que se puede llegar a marcar por los siguientes jalones: La cultura antehistórica más temprana de Occidente, la denominada de «vaso campaniforme», fue creada por Andalucía, y ella la irradió por la Europa central, meridional (incluso el resto ibérico) y occidental, incluyendo la moderna Inglaterra. La cultura subsiguiente, la de los «sepulcros cupulíformes» (eneolítico final), Andalucía la viene a inventar también. Por cierto que esta cultura que Andalucía llega a difundir hasta Francia (entrando por el noroeste). Holanda y Alemania, y desde Dinamarca a Suecia (siempre cerca de las costas y vías fluviales), alcanzando hasta Asia Menor y Grecia y Tirrenia, no llega a traspasar la Mariánica; es decir, Andalucía se encuentra absolutamente aislada de la España central y norteña, mientras que comunica por mar con países lejanos. Mediante estas dos culturas, Andalucía descubre el uso del cobre, que llega a perfeccionar; durante la segunda enseña a sentir y a cultivar el arte desinteresadamente, sin finalidades prácticas, mágicas o de conjuro, y durante la cupuliforme, además, inventa la bóveda, la escritura con signos alfabetiformes, ensaya el uso del hierro, etc. La primera cultura histórica también es creación de Andalucía. Es la cultura de Tartessos. Inventa el bronce, perfecciona la navegación y elabora el primer estado político de occidente. Tartesia, cuyos límites eran coincidentes con los de la Andalucía actual, excepto por Levante, que comprendía hasta cerca de Villajoyosa, en la provincia de Alicante, y por poniente, que se extendía hasta llegar a incluir Mérida y Badajoz dentro de sus fronteras. Cultura refinada en todos los aspectos de la creación espiritual, como las anteriores directoras del mundo, al menos en sus inicios. Tiro, primero, y Cartago, después, privan a los andaluces de los caminos del mar. Pueblos pequeños estos enemigos, Andalucía no puede llegar a resistirles. No es bélica su vocación. Los pueblos, del mismo modo que los hombres, de vocación cultural, sobre todo si ésta ha sido desarrollada, podrán llegar a ser arrebatados en un instante por la vehemencia guerrera, la cual vendrán a expresar siempre en forma brillante, heroica o estética; pero son incapaces para la acción bélica persistente. Roma, la propagadora de la cultura griega, encuentra en Andalucía la vieja solera de esta cultura, y trata con ella de potencia a potencia cultural. Andalucía depende del Senado. La meseta y el norte, del emperador, o lo que es igual, del ejército. Andalucía es libre para desarrollar su cultura. Confundiéndola con la misma Roma, tiene que resistir la enemiga de lusitanos y de celtíberos. Ella paga a Roma su libertad de expresión espiritual, dándole los mejores poetas, los mejores filósofos, los mejores pontífices y emperadores, precisamente los primeros no latinos que ocuparon el trono imperial, los más cultos o más humanos... Los bárbaros (los germanos) vienen por primera vez; establecen en Andalucía su sistema de división y despojo territoriales, base del feudalismo medieval. Andalucía se rebela; pero, como siempre, es inconstante en el combatir guerrero. No sabe, no quiere. Córdoba se subleva. Pronto cae. Sevilla proclama rey a un bárbaro civilizado, Hermenegildo. Fracasa también. Se lo llevan cautivo, y sigue considerándole como a rey. Detenido el vuelo cultural propio, Andalucía se hace sincrética (San Isidoro). • Pero hay un bárbaro andaluzado. Aquí tenía sus propiedades. Aquí educó a sus hijos. Tal vez corría sangre andaluza por sus venas. Este bárbaro era humano y utópico. Una de las más grandes figuras de la historia. Como Akenatem, como Evilmorac o Asoca. Se nombraba Witiza. Protege a los judíos que desde los tiempos de Tartessos inundaban a Andalucía. Ordena convertir las armas en instrumentos de labranza, derrumba fortalezas, desobedece a los concilios de los obispos, permite el matrimonio entre los clérigos... Los bárbaros reaccionan. Triunfa la reacción, y Cristo germanizado (clave esta fórmula de la historia medieval) vuelve a reinar con Rodrigo. Por poco tiempo. ¿Qué hacer? Andalucía es la Cava. La Cava, la mala mujer, es el símbolo de Andalucía, profanada por la barbarie. Legiones raudas y generosas corren el litoral africano predicando la unidad de Dios, El «Arroyo Grande», que dijo Abu-Berk, las separa de Andalucía... Esta les llama. Ellos recelan. Vienen: reconocen la tierra y encuentran a un pueblo culto atropellado, ansioso de liberación. Acude entonces Tarik (¡14.000 hombres solamente!) Pero Andalucía se levanta en su favor. Antes de un año, con el solo refuerzo de Muza (20.000 hombres), puede llegar a operarse por esta causa la conquista de España. Concluye el régimen feudalista germano. Hay libertad cultural. Andalucía entera aprende el árabe, y dice que se convierte. Poco después Andalucía se alza contra el emperador árabe occidental. Elige a un príncipe omeya. Por fin vuelve a ser libre. Al-Andalus, ¡Andalucía libre y hegemónica del resto peninsular! ¡Lámpara única encendida en la noche del medievo, al decir de la lejana poetisa sajona Howsrita! Europa germánica es un afictionado bárbaro, inspirado por el pontífice de Roma. «Nadie, ni aun los nobles, exceptuando al clero, sabía leer y escribir. En Andalucía todo el mundo sabía.» No hay manifestación alguna cultural que en Andalucía libre o musulmana no llegase a alcanzar una expresión suprema. No puede llegar a existir una economía social que asegure mayor fuente de bienandanza. «Los más deliciosos frutos estaban de balde. El comercio era tan poderoso que bastaban los ingresos aduaneros para cubrir los gastos públicos y mantener repletas las cajas del estado.» ¡Y las artes! Andalucía canta; y su música se propaga deleitando a todos los pueblos del continente. Pero Europa tiembla de envidia; se consume de rencores. Ella es cristiana. Andalucía, con nombre islámico, es librepensadora. «Sigue sin poder llegar a ser bélica. Los ejércitos mercenarios destruyen el imperio andaluz, y en su lugar se crean pequeños reinos, que eran otras tantas academias presididas por los príncipes.» Más florece aún la cultura de Al-Andalus. El anfictionado de Andalucía está compuesto de pueblos de poca extensión territorial, unidos por el mismo espíritu. ¿Qué importa la unidad política imperialista? Ya lo dijo Byron: Dios, como los cosecheros, no sirve en copas grandes el licor concentrado, rico de esencias... Europa entonces precede al Japón. Como éste viene a aprender a nuestras Universidades, traduce nuestros libros y prepara con la ciencia andaluza su renacimiento. Todos sus grandes hombres, teólogos, filósofos, médicos, poetas, son discípulos de Andalucía. Pero la odian. ¡No es cristiana! Y nuestras invenciones sirven de recursos a Europa contra nosotros: ¡Francia! Ella fue, es y será la inteligencia de Europa, contra los jamás germanizados, ni por la sangre ni por el genio. España, instrumento de Francia; los bárbaros expulsados por el auxilio árabe, con la colaboración de Europa entera, vienen otra vez contra nosotros. ¡Las cruzadas! El robo, el asesinato, el incendio, la envidia destructora, presididos por la cruz. Nos quitan nuestros territorios peninsulares, y, llamándonos perros, nos despeñan por los barrancos de la Mariánica. Fernando el Bizco nos arrebata Córdoba y Sevilla. Sangre y fuego. Empiezan a quitarnos la tierra. Los bárbaros se revuelven vencedores contra el espíritu de todas nuestras instituciones, que se derrumban ante su empuje ciego. Por último, Isabel, la empeñajoyas, la Católica, título que le concede el papa por haber degollado la valiente población malagueña; por haber repartido las doncellas andaluzas como a esclavas entre sus damas; por haber enviado al mismo papa parte del botín, y un escuadrón de esclavos andaluces, cautivados en la rendición de Málaga; Isabel, la bárbara, grosera, fanática, hipócrita, y cuya figura y cuyo reinado contrastados con los valores permanentes y universales de la humanidad y de la Justicia, y aun con las normas políticas de ordinaria moral, ordenadas a la gobernación de los pueblos, son los más desastrosos que tuvo España, como se llegará a demostrar en próxima revisión; Isabel viene a consumar la obra. Se queman bibliotecas, se destruyen templos e industrias. La tierra de Andalucía queda toda ella, definitivamente, distribuida en grandes porciones entre los capitanes de las huestes conquistadoras o entre colonos de los pueblos conquistadores, que no aman la labranza; y los andaluces, que la tenían convertida en vergel, son condenados a esclavitud de los señores y a vagar en torno de las cercas de aquellos estados territoriales, cuyas obras de riego son destruidas o abandonadas, hasta llegar a convertirse en erial. Ya lo dijo Abubeka: «A medida que las cruces y las campanas iban afeando las airosas torres de las mezquitas, la tierra, de jardín se tornaba en yermo, y la cruz presidía la esterilidad de los campos, cerrados a los andaluces.» Se encienden las hogueras de la inquisición; millares de andaluces, mosaicos y musulmanes, son quemados en las salvajes piras. Se empiezan a decretar expulsiones de andaluces, de los cuales unos quedan en el destierro, otros se salvan del exilio por la ocultación, otros retornan de Berbería en conmovedoras empresas, viniendo también a ocultarse en el seno de la sociedad enemiga o en las fragosidades de las sierras. Los Austrias continúan la obra de Isabel. Por fin, han llegado a triunfar y a asentarse definitivamente los bárbaros expulsados de Andalucía con el auxilio árabe. El despiadado asimilismo viene a imperar. Se castiga el baño, se proscriben el traje, la lengua, la música, las costumbres, bajo graves tormentos. Empieza la labor de enterrar nuestra gloriosa historia cultural; su recuerdo es castigado como crimen; al cabo de tres generaciones, los andaluces creen que son europeos, y que los moros que había en Andalucía eran unos salvajes que ellos vinieron del norte a echar más allá del estrecho. De la sociedad y de la patria andaluza sólo quedan fermentos inorgánicos. La uniformidad, principio de la barbarie germánica, ha triunfado aparentemente. Sin embargo, los pueblos rurales andaluces quedan ahí, plenos de la raza pura, mientras que las ciudades se llenaban de gente extraña. Andalucía no se fue. Quedó en sus pueblos esclavizada en su propio solar. En sus pueblos rurales, constituidos por los moriscos sumisos de conversión anterior y lejana a la época de las expulsiones, a los cuales correspondía ya el título de cristianos viejos; por los moriscos que retornaron de la forzosa emigración, refugiándose en sierras y campos. Sus etnos y sus etos son inconfundibles. Fueron y son las enormes falanges de esclavos jornaleros, de campesinos sin campo... Son los flamencos (felah-mengu —campesino expulsado—). ¿Comprende usted ahora, señor Rodríguez Marín? ¿Comprenden ahora todos los folkloristas y no folklorístas, desde Borrow hasta Machado Alvarez; desde Schudart hasta Waldo Frank, a quienes ha venido intrigando este nombre de flamenco; todos, sin excepción, perdidos en un mar de confusiones, por haber llegado a creer que este nombre árabe era el flamenco, latino o germano, ingreso en el léxico español con acepción figurada? En el XVI se inicia la era flamenca de la historia de Andalucía, que desarrolla dos períodos: uno de «ocultación», que va desde principios del XVII hasta últimos del XVIII; otro de revelación incomprendida, que va desde últimos del XVIII a principios del XIX, y, por último, este de comprensión del sentido de lo flamenco, que es el que se desarrolla merced a los esfuerzos restauradores de la conciencia andaluza; esfuerzos desarrollados primero por el Centro Andaluz, y después por su continuadora la Junta Liberalista de Andalucía. Era flamenca o felah-menca. ¡De desprecio de la raza vencida, de la raza morisca convertida en jornalera, de campos arrebatados, convertida en truhan del feudalismo bárbaro que Europa vino a establecer sobre nosotros! Era de fluir subterráneo, oculto e inexpreso, del estilo andaluz, creando, como el ladrón que se oculta entre sombras, sus hechos culturales; continuando la fluencia original de Al-Ándalus, a través de los siglos enemigos. ¡Era flamenca... continuadora de la autenticidad de Andalucía, a pesar de la tiranía europea que España instrumentó, desarrolló contra nosotros con una barbarie y una impiedad como jamás el salvajismo de Europa y su fariseísmo malvado llegaron a emplear en ninguna empresa de sus acostumbrados coloniajes! Aquí quedamos vivos aún. La terrible y secular tragedia ha sido presidida por un treno: el cante jondo. ¡Y vosotros, que os veníais a reír de lo flamenco, como una contorsión secular o plástica de vuestro secular bufón! ¡Y vosotros, que hicisteis del nombre de nuestra tragedia un denominador perorativo —toda creación de la raza vencida es despreciable— para expresar gestos de brivia, de germanesca o rufería, nombre de sarcasmo mediante el cual la subconciencia conquistadora se ensaña aún contra los perros sometidos! En la era flamenca, el régimen implantado por la conquista exalta su bárbara inspiración en un sistema de hechos fautores de la esterilidad de Andalucía. Cuando la conquista, la tierra sobrante de los grandes repartimientos verificados a favor de los nobles capitanes y de las iglesias, se distribuye entre los soldados, y para agotar el resto de la vacante se llama a colonos de Castilla o de Galicia; los primeros sin vocación agricultora, los segundos no acostumbrados a los riegos artificiales andaluces, cuyas obras bien pronto quedan abandonadas. Muchos colonos se ausentan, y las comarcas jardines tornan a ser selváticas soledades. Después, la especulación y el caciquismo territorial (la Europa antigua vive en España, gravitando hacia el feudalismo) consumen y ratifican la obra conquistadora. La desamortización discierne las tierras a los más ladrones, que constituyen estados territoriales nuevos, sustituyendo a las manos muertas del Clero, antiguo poseedor de las tierras. El cacique territorial, a cambio de votos esclavos, obtiene del cacique político bajas de contribución que van a aumentar las de los pocos pequeños terratenientes que quedan aún, obligando a éstos el fisco y la usura a ceder sus terrenos a los grandes latifundistas, los cuales usurpan por igual razón las pocas tierras que a los municipios dejara la desamortización, y hasta las veredas y cañadas y abrevaderos, discernidos a esa institución, tan extraña para Andalucía como es el Consejo de la Mesta... Los andaluces carecen ya de una piedra para reclinar la frente. Su existencia escandaliza al mundo, viven en las ergástulas de las gañanías o son repartidos como esclavos entre los propietarios. Cuando no tienen empleo en tierra extraña, o manijeros que los escojan en las plazas, convertidas en mercados de esclavitud. Sus mujeres están a merced de los señoritos. Hablando de ellos dice Mr. Malhall: «No hay existencia en el mundo a la suya comparable.» También Mr. Dauzat, se estremece al pensar en sus miserias terribles. Angel Marvaud denuncia al mundo el crimen tremendo. Ya desde el siglo XVIII, principio del segundo período flamenco, considerando la terrible situación del pueblo morisco, del pueblo jornalero, del verdadero pueblo andaluz, creador de las culturas más intensas de Occidente, Campomanes, el ministro del rey, lloraba... El jornalero, sin embargo, ni ríe cuando ríe, ni llora cuando llora. Ya no sabe lo que es... El hambre lo ha venido a diluir. Sin embargo, no pasa día sin que aún venga a ser o a recordar lo que fue o a contar su historia. Es cuando dice, sin saber lo que dice, sin que nadie entienda lo que dice, pero saliendo de la hondura de su sér, una terrible, una lúgubre melodía que tiembla en sus labios exangües, que contorsiona su cuerpo y que descompone en gesto trágico las líneas de su semblante. Es lo falah-menco. ¡Cante ondo! ¡Ya veréis si vive o no Andalucía! LOS SÍMBOLOS ANDALUCES La bandera blanca y verde fue elegida, para Andalucía, por la Asamblea Andalucista de Ronda, 1918, porque sus colores eran los más apropiados para representar la empresa de la restauración de un pueblo, nunca bélico, y, siempre creador de culturas originales, directoras de la humanidad, como lo fue Andalucía. La bandera blanca y verde ondeó por primera vez desde la Giralda de Sevilla, hacia el año 1198; simbolizando la unión de las provincias andaluzas de allende y aquende el Estrecho. Últimamente fue alzada por el caballero morisco almeriense, Tahir al hor (El Halcón) asesinado entre Estepona y Marbella, año 1642. Por cierto, que es coincidencia curiosa la de que, al cabo de tres siglos, ¡volviera a ser enarbolada, por primera vez, durante nuestro Siglo XX, por las mujeres campesinas de Casares, pueblo de la serranía de Ronda, sobre el mar; próximo al lugar donde murió Tahir. La mencionada Asamblea de Ronda, para acordar el escudo de Andalucía, se inspiró en el de Cádiz, cabecera de nuestro pueblo, después de Tartesos, en los tiempos primitivos; símbolo también adecuado para la expresada obra de restaurar un país, siempre cultural; figurando un Hércules juvenil, expresión de la fuerza eternamente joven del espíritu, domando o coordinando la fuerza instintiva de los estímulos animales, representada por dos leones; e inscribiendo al pie del escudo esta leyenda: “Andalucía, por sí, para España y la Humanidad"