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10 noviembre, 2016

RAJOY Y GOBIERNOS MARIANISTAS. DEVOCIONES Y PODER

Posted: 03 Nov 2016 07:43 PM PDT
Tomo prestado el título de la célebre obra de Hayek, profeta venerado del neoliberalismo mundial y españolísimo en concreto. El austriaco la escribió en los años cuarenta del siglo pasado, pero su contenido sigue siendo pertinente, agudo, fresco como una rosa, perfectamente aplicable al presente...pero invirtiendo los términos. Todos los males que Hayek vaticinaba por la abolición del mercado, en la estela de su maestro Von Mises, son hoy patentes por la omnipresencia del mercado: baja productividad, empobrecimiento de las clases trabajadoras, paro, corrupción, etc. El neoliberalismo es eso. Todas las desgracias que el mismo Hayek pronosticaba a causa de la socialización están hoy a la vista a causa de la privatización: servicios pobres, malos y caros, prácticas monopolistas, confabulación y arbitrariedad en la formación de los precios, patrimonialización del Estado, captura de rentas.

El neoliberalismo es el verdadero camino de la servidumbre. El credo inapelable del nuevo gobierno del PP, formado a la hechura de su patrón que, a estas alturas, tiene la medida tomada a todo el país. La prueba está en el desconcierto de las reacciones a su anuncio. Unos hablan de gobierno de "marianistas", como si los anteriores hubieran sido de concepcionistas. Y como si en el PP -una organización peculiar- hubiera facciones o corrientes y no una lealtad berroqueña al líder/patrón. Los gobiernos de Rajoy son más unicelulares que los de Franco, en los que había militares, opusdeístas, alfonsinos, carlistas, juancarlistas, falangistas y los pelotas de turno. Los de Rajoy solo tienen pelotas de turno.

Otros análisis son más pintorescos. El País da la consigna del día: el gobierno es continuista y tiene escaso peso político y el cabo de guardia del PSOE la replica como el eco. A lo del continuismo se suman también los de C's y los de Podemos en tono decepcionado: más de lo mismo, sin cambio ni variación, no irá muy lejos. A lo mejor esperaban que Rajoy nombrara ministro a Pablo Echenique o a Begoña Villacís.

Rajoy lo ha dicho siempre: él es un hombre previsible. Y así es, perfectamente previsible. Siempre hace lo mismo; no lo que más convenga al país, ni a su partido, sino a él mismo. Su solo objetivo es seguir gobernando a cualquier precio. Para eso nombra un gobierno de amigos y amigas suyas. Como el anterior. Cierto es que no cuenta con un congreso de aplausos, al estilo de las Cortes del invicto, pero tiene a la mesnada de la oposición parlamentaria acogotada. C's es tan poco oposición que Rajoy ni los tiene en cuenta. Al PSOE le ha hecho claudicar y, de paso, lo ha reventado como opción electoral a corto plazo; es decir, lo tiene de rehén. Así que, según sus cálculos, la oposición de Podemos se agotará en la gesticulación.

Por si acaso el Parlamento se le soliviantara, Rajoy cuenta con la adhesión incondicional del Tribunal Constitucional, camino de convertirse en un tribunal político para un estado de excepción de hecho. El mismo tribunal que no ha dictaminado ni piensa hacerlo sobre el recurso interpuesto por la oposición en su conjunto contra el gobierno en funciones declarado en rebeldía, ese mismo tribunal acepta la facultad que le atribuye la reforma de su Ley, aprobada por el parlamento de mayoría absoluta del PP. El TC puede "suspender" a las autoridades que le desobedezcan; pero, si vuelven a desobedecerle, tendrá que hacer algo más que volver a "suspenderlas". Y por ahí no se sabe a dónde vamos a parar.

Sí se sabe que el gobierno controla el Tribunal Constitucional y tiene una razonable holgura en el Parlamento, no por su fuerza real, sino por la debilidad de sus adversarios. Ese es el camino de servidumbre vaticinado por Hayek pero con los papeles invertidos. Si se tiene en cuenta que, como ha quedado claro en las últimas peripecias, Rajoy y el PP cuentan con el apoyo casi unánime de los medios de comunicación (aunque hay alguno más cercano a Podemos) y los publicistas, el respaldo de la empresa, la banca y la Iglesia, ¿es mucho asegurar que España es una democracia autoritaria con prácticas dictatoriales? La falta absoluta de responsabilidad política de ninguna de las autoridades ante los innumerables casos de corrupción y la sospecha, incluso, de presuntos delitos, como el espionaje a adversarios políticos, son comportamientos dictatoriales por cuanto quedan impunes.

Todo eso permitido por una decisión del PSOE que, por cuanto está viéndose, puede haber sido su canto del cisne. Realmente, su situación es calamitosa. Ya desde la época de Rubalcaba, con la conversión del partido en partido dinástico, aceptación simbólica de la corrupción del turnismo, empezó el drenaje de votos. De hecho, fue Rubalcaba quien llevó al PSOE a sus más bajas cuotas históricas, aunque su aparato de propaganda se lo achaque a Sánchez. Con la hoja de ruta catalana, el nacionalismo español socialista se alarmó y exacerbó al mismo tiempo y el golpe de mano perpetrado el 1º de octubre se hizo para impedir todo intento de acercamiento al independentismo o negociación con él. Golpe que ha puesto en marcha una dinámica interna explosiva.

Desde el principio, Palinuro consideró la Gestora como una Junta -típica institución golpista hispana- que suplantaría al partido y actuaría dictatorialmente. Ahora nos enteramos de que, en efecto, así fue concebido este órgano a través de una decisión ilegal del CF pues se perpetró con nocturnidad, sin quórum y sin estar prevista en el orden del día. Ya se están ocupando de ello los jueces. La Gesto-junta es presuntamente ilegal y, si se obstina en imponer su criterio, acabará provocando una crisis profunda en el partido de la que este quizá no se recupere. El peligro de la "pasokización" no es un invento.

La intervención permanente de los barones cada vez con más espíritu de señores de la guerra frente a unas bases casi ya en estado insurrecional, da una imagen de desbarajuste difícil de superar. O quizá no tanto: el resistible ascenso de Susana Díaz tiene un elemento de auténtico populismo. Lo da la tierra. La izquierda andaluza da líderes como Cañamero o como Sánchez Gordillo. Es la tradición del espartaquismo agrario que estudiara Bernaldo de Quirós. Y algo de ese espartaquismo se le ha pegado a presidenta de Andalucía, bien que desmentido por una probada capacidad de intriga y maniobra y una fría obstinación en sus designios que añaden al espartaquismo unos trazos de lady Macbeth.

La aventura que parece Sánchez decidido a emprender (los dioses lo acompañen, que va a necesitarlos) puede calificarse como su "momento maquiaveliano" en la acepción del ilustre John Pocock. Es la reivindicación del espíritu cívico republicano del siglo XVI trasladado al presente, con una formulación de izquierda que se complementa con la separación de la Iglesia y el Estado y el replanteamiento de la estructura territorial de este mediante algún tipo de fórmula que sea de aceptación general. Tengo mis dudas de si Sánchez conseguiría el apoyo mayoritario del PSOE a un programa republicano, laico y plurinacional. Incluso tengo mis dudas hasta qué punto el propio Sánchez lo suscribe.

Y es eso o la servidumbre.

27 abril, 2016

FELICES ELECCIONES Y SUELDOS, INEPTOS: NUESTRAS VIDAS E INSTITUCIONES CONTINÚAN PARADAS

La segunda victoria de Rajoy

El líder popular ganó las elecciones y ha ganado las postelecciones gracias al inmovilismo

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No ha cambiado el resultado del partido en la zona Cesarini, expresión balompédica que reconocía el instinto goleador de un futbolista juventino, Renato Cesarini, en la agonía de los últimos minutos.

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Quiso asumir Sánchez el argumento providencial. Por cuerpo y por espíritu, emulaba a esos centrales que suben a rematar las últimas jugadas, rebañando los nervios y los segundos. Compromís le concedió una inesperada asistencia en el tiempo de descuento, aunque la ambigüedad y el boato de la propuesta —"El acuerdo del Prado"— contradecía el pacto con Ciudadanos, incluso transgredía los límites con que acordó encadenarlo el Comité Federal: ni con Podemos, ni con los nacionalistas.
Carecía de sentido recrearse en un ejercicio de especulación, mucho menos invocando el minuto yugoslavo del parlamento catalán. Puigdemont descendió de los cielos in extremis porque las discrepancias ideológicas, económicas, institucionales entre Convergencia y la CUP, quedaron subordinadas a la anestesia o al placebo de la tierra prometida.
No había en Madrid un argumento aglutinador tan rotundo ni idealista. El motivo de cohesión acaso se restringía a la aversión hacia Rajoy, pero las ganas de evacuarlo expuestas por Rivera e Iglesias se resintieron de la incongruencia respecto al modelo de Estado y al criterio económico.
Se le podría agradecer el esfuerzo a Sánchez si no fuera porque ha practicado el ilusionismo como argumento de supervivencia. Y porque su desengaño de este martes —ha llamado a Iglesias traidor— representa un ejercicio de ingenuidad: el líder de Podemos no ha hecho otra cosa que maltratarlo en los vaivenes disciplinarios del castigo y el premio. Iglesias aspira a la hegemonía de la izquierda. Y espera asegurársela el 26 de junio, amarrando las confluencias, revistiendo de utilidad el voto desperdigado de IU.
Mariano Rajoy ganó las elecciones y ha ganado también las postelecciones. Hubiera preferido investirse presidente en la inercia del 20-D con la fórmula paternalista de la gran coalición, pero el escenario secundario de unas elecciones anticipadas premia con asombrosa desmesura su inmovilismo enfermizo. La inhibición le ha permitido asistir al deterioro de sus rivales. Le ha consentido purgar cualquier atisbo de deslealtad en su propio partido. Y le ha permitido incluso atribuir a Sánchez, a Rivera y a Iglesias toda le responsabilidad del fracaso, esperando, por idénticas razones, que los votantes los castiguen ejemplarmente en la segunda vuelta del 26-J.
El despecho es una de las novedades que comporta la convocatoria. Otra, no menos interesante, concierne al porvenir del PSOE. No porque haya alternativas previsibles al liderazgo de Pedro Sánchez, sino porque el presumible crecimiento de Ciudadanos y de Podemos-IU ahoga a los socialistas por el centro y por la izquierda, hasta el punto de poderse añorar el hito de los 90 diputados.