11 noviembre, 2014
TRATADO TRASATLÁNTICO: AMERICANIZACIÓN EUROPEISTA
13 noviembre, 2013
ELECTORALISMO, UNA ENFERMEDAD SENIL DE LA IZQUIERDA INSTITUCIONALIZADA
Imagen: Vuelven los villancicos, las bandas de música a la vieja usanza y los Sainetes de los Hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero.Es lo que tienen los derechistas y la izquierda progresista conservadora de "Mani y Becerrita"*.
* Hacen acto de presencia en las manifestaciones y luego toman sus tapas en el conocido restaurante Enrique Becerra.
Electoralismo, una enfermedad senil de la izquierda institucionalizada
A nadie medianamente informado se le escapa que el llamado bloque político-social de IU no es más que una delimitada estrategia para ganar los votos de los “indignados”. O que es lo mismo; juntar escaños en las Cortes para gobernar con el PSOE en la próxima legislatura.
Es un secreto a voces que la élite de la formación saca cuentas alegres. Por lo pronto, en los pasillos de sus reuniones federales se sueña con la formación de gobiernos tripartitos en las autonómicas.
La gran aspiración “estratégica” de IU es repetir a nivel estatal la experiencia de Andalucía. De ahí no pasan. ¡Que lejos está esta comportamiento político de la famosa consigna de Anguita “primero programa”!
En su tiempo Rossana Rossanda, denunció el oscuro destino de los partidos de izquierda que se transforman en “un comité electoral” . Simplemente desaparecen como el PC italiano o deviene en una frankestein social-demócrata.
Una izquierda transmutada en máquina electoralista abre irremediablemente un espacio para todo tipo de demagogias populistas de derechas.
El caso del partido comunista francés es un ejemplo de esta deriva. Desde que gobernaron con el “socialista” Jospin han perdido casi toda su influencia en la clase trabajadora. Y de paso han pavimentado el camino para que creciera en los sectores populares la ultraderecha del Frente Nacional que hoy amenaza con llegar al poder.
La patología electoralista es siempre una ilusión engañosa: sus partidarios creen que “tocando” el poder institucional se consigue un atajo que ahorra el largo camino de la lucha de masas. Lo que ocurre en realidad, tal como pasa en España, es que los partidos se transforman en agencias de empleo y sus dirigentes empiezan a gozar de los privilegios del sistema.
El electoralismo es una excrecencia del viejo pragmatismo estalinista. Es una política miope y coja, que no conduce a ninguna parte. Y en el actual escenario español puede llegar a ser letal para los demócratas de verdad.
Hay que ser muy ciego para no ver que el eje de la política española no pasa por las próximas elecciones. Lo que está en juego es mucho más trascendente, la sobrevivencia de la restauración borbónica.
Por el momento el eslabón mas débil para el régimen es el proceso independentista catalán. Porque las élites no tienen un pelo de tontas mueven ficha todos los días para seguir usufructuado del poder con les confirió la constitución del 78.
Los hechos están a la vista del que quiera ver.
Todos estos movimientos tienen como objetivo salvar una institucionalidad agonizante. La clase política empieza a negociar una modificación de la actual constitución desde arriba. Un gatopardismo puro y duro cuyo objetivo es dejar a los pueblos de España mirando a la carnicería.
La “clase política-económica” trata de impedir que se ejerza la soberanía popular. Doce millones de pobres y una destrucción masiva del estado de bienestar es potencialmente un peligro muy grande.
¿Que dice IU ante en este escenario? No se oye padre.
Sus grises voceros olvidan reiteradamente que entre sus acuerdos está el compromiso de impulsar un proceso constituyente desde abajo.
Esta idea fundamental está fuera del discurso de sus lideres. De hecho no implementan ninguna política que movilice a sus militantes tras un objetivo de cambio revolucionario que podría ilusionar a todos los pueblos de España.
Pareciera que no comprenden que la realidad exige definiciones políticas de fondo.
La única alternativa real es cortar el nudo gordiano de las contradicciones del estado español con un proceso constituyente. Este no es otra cosa que la ruptura con el actual régimen y sus políticos corruptos. No es más ni menos que ejercer el sagrado derecho a decidir de todos los pueblos de España respecto de la forma de estado y los derechos sociales.
Por lo tanto, dice bien Julio Anguita cuando afirma " …la tarea más urgente, más dramáticamente urgente es ayudar a organizarse a la mayoría social, a la Nación, al Soberano como se quiera decir. La recompensa, si la hay, será mucho mayor: construir otra realidad…"
Otro gallo cantaría sí el esfuerzo de la izquierda institucionalizada se dirigiera a unir a los movimientos sociales y a los sindicatos tras un objetivo mayor que sacar unos cuantos parlamentarios. Peor aún, en unas elecciones que indefectiblemente empujaran la perpetuación del régimen y su secuela de corruptelas.
En medio de este verdadero páramo de mediocridad política los movimientos sociales sacan sus propias conclusiones. Movimientos y mareas ciudadanas se dan cuenta que las elecciones no están a la orden del día. Que lo fundamental es el trabajo anónimo para echar las bases de una nueva forma de hacer política.
Como ha ocurrido en los procesos latinoamericanos, llegará el momento en que los pueblos de España irán libremente a las urnas sin las ataduras que dejo el post-franquismo. Para lograrlo es necesario una revolución democrática que destierre a la política de los salones devolviéndola al verdaderamente soberano.
Fuente: Rebelión
11 marzo, 2013
APUNTES PARA LA DESOBEDIENCIA ELECTORAL
Apuntes para la desobediencia electoral
Fernando Lores Masip
¿Vivimos en una arcadia democrática donde gobierna el pueblo o en una dictadura del capital financiero donde las políticas que adoptan los gobiernos electos están determinadas por la presión de corporaciones privadas? Dictadura real ya, no hay que buscar en el pasado, está aquí y habita entre nosotros.
Las visiones legitimistas de la democracia expresan a menudo su crítica política en clave de “democracia fallida”, donde la corrupción aparece como la apropiación indebida de lo público –incluida la representación de los intereses públicos o generales- por parte de personas, facciones o corporaciones políticas. Esta es una visión legitimista porque juzga inadecuado el estado actual de cosas en relación con el modelo ideal o ideológico, lo que la democracia debería ser pero no es –por la acción inapropiada y voluntarista de algunos. En esta visión no hay rastro de una interpretación estructural, por ejemplo, no existe la posibilidad de que “corrupción” sea concebida como una expresión común para referir la unión íntima de la política con la economía, y concretamente del poder con el capital. Además, es una visión legitimista de la cosmovisión democrática porque las posibles soluciones a ese estado mejorable de cosas siempre pasan por los mismos procedimientos que dice criticar, por los formalismos y ritualizaciones que sacralizan el poder de su sociedad, presentando la estrategia electoral como la vía de “cambio” predecible, y hasta cierto punto deseable. Lo primero, entonces, sería desencantar el punto de vista políticamente encantado y considerar las cosas tal y como son y en el sentido en el que son, algo muy spinozista. Abreviando: la democracia no es lo que debiera ser, el gobierno del pueblo representado en las Cortes –eventualmente corrompido-, sino el eufemismo político que permite hacer pasar el gobierno y los intereses de las élites como el ejercicio legítimo de la voluntad popular. Preñado de populismo, el discurso democrático cala en todas las mentalidades –cultas y populares- dado que es la ideología dominante, y viceversa. La democracia es lo que es: la instrumentalización por parte de élites corporativas de minorías sociales cautivas electoralmente, a partir de las cuales se constituyen artificiosamente mayorías parlamentarias que forman gobierno sobre la totalidad –la lista más votada gobierna al total de la población, en una proporción de 1 a 5. Todo ello se desarrolla en el escenario de una amenaza larvada y difusa que se expresa, por abajo, como la posibilidad de una anarquía y, por arriba, como la sombra de una dictadura. Los antagonismos fantasmagóricos que funcionan como coerción ideológica, como la anarquía (en el sentido peyorativo de caos, no de auto-gobierno) y la dictadura (como la amenaza de un totalitarismo reversible, de un pasado horribilis que siempre está aquí como potencialidad), hacen creer que lo que se vive no es al fin y al cabo un gobierno tan autoritario ni caótico, tan despilfarrador ni arbitrario o ineficiente; en definitiva, hacen creer aquello tan churchilliano de que la democracia es la peor forma de gobierno exceptuando todas las demás. Así se cumple la funcionalidad del tótem político y de todo el lenguaje político que lo nombra mediante eufemismos: la imposibilidad de pensar más allá del tótem, más allá de la democracia.
El discurso democrático es una versión de la biopolítica orientada a producir las subjetividades gobernables y funcionales para el (mejor) desarrollo del capitalismo neoliberal; en este sentido es un proceso cultural, por tanto social e histórico, es decir, heterogéneo y contradictorio, no una cosa o un estado de cosas. Su capacidad para capilarizar el tejido social es asombrosa: incluso la disidencia lo es gracias al lenguaje de su dominación (democracia real ya). Mucho discurso anti-capitalista, sí, pero por efecto de la magia eufemística del tótem político, poca disidencia frente a su forma de gobierno y su fuente de legitimación: la democracia. La democracia no como algo separado –y virtualmente antagónico- de la economía capitalista, no. La democracia como la forma de dominación política, de producción de cuerpos dóciles y subjetividades gobernables, de agregación de poblaciones a la conducta política normalizada que es solidaria de los modos de explotación de la economía capitalista, particularmente en la órbita del capitalismo regional euro-americano –aunque por efecto de su difusión cultural enraíce en otras culturas políticas hibridizándose promiscuamente en sistemas más localizados. En pocas palabras, la democracia es esa tecnología de gobierno, de conducción de la conducta política parafraseando a Foucault, que actúa como un discurso mistificador del expolio social y natural al que son sometidas sistemáticamente porciones crecientes de las poblaciones, de los bienes comunes y naturales del planeta. Esta operación ocupó, en nuestro contexto nacional, lo que el establishment del momento llamó la Transición, pero que quizá los historiadores del futuro designarán más apropiadamente, siguiendo las inveteradas tradiciones historiográficas, como la II Restauración Borbónica.
Particularmente, la violencia simbólica del discurso democrático se expresa a través del manejo del voto, de toda su simbolización y de su sentido práctico: “somos los legítimos representantes elegidos en las urnas”, dicen. Del otro lado, en las coordenadas de un campo político cuya divisoria establece un antagonismo artificial entre izquierda y derecha, la negación del voto (abstención) se interpreta en términos individualistas y sin texturas políticas: sujetos desconectados que actúan sin pretensiones políticas, expresando así el estatuto de idiotas funcionales al que son reducidas las mayorías sociales desde la óptica de gobierno –masas aborregadas que prefirieron ir a la playa o a los toros, quedarse en casa por el mal tiempo. Esa violencia simbólica tan particular que está en el origen de la legitimación del gobierno democrático, la de la representatividad delegada, aparece como una retórica en la que continuamente se encastillan las corporaciones políticas, los dirigentes y cargos públicos, y a la cual recurren sistemáticamente para criminalizar la crítica o la disidencia –presentándola como “antisistema” o “golpismo”. Esto pone la estrategia electoral en el primer plano de la resistencia social frente al mal gobierno: la necesidad imperiosa de neutralizar su fuente de legitimidad, el voto. La simbolización del voto es el mayor reto (u escollo, según se mire) que afronta la resistencia civil, puesto que la estrategia electoral actúa como un principio articulador de la dominación política en la sociedad democrática neoliberal, ritualizando la consagración de la jefatura de la tribu. La centralidad del voto como domesticación política es tal que hace difícil concebir siquiera su negación: no votar, no delegar. ¿Interpretar el voto como un dispositivo de normalización política al servicio de la sacralización del poder, es decir, funcional a la reproducción del sistema político que legitima el capitalismo; o bien como una estrategia de transformación social, de acceso al poder con voluntad de emancipación? Las últimas décadas han sido taxativas: instrumentalizando por la vía del voto a los diferentes sectores del mercado electoral se logran justificar eficientemente, legitimándolos, los intereses que orientan las estrategias de acceso al poder de las élites directivas. Así, el voto se presta a producir una plusvalía de legitimidad necesaria para dar una vuelta de tuerca a la reproducción ampliada del capital. La imbricación creciente de los procedimientos electorales en esta reproducción ampliada del capital, aportando la necesaria cuota de legitimidad (y de normalización política), es el precio pagado por esa suerte de Pax Romana que las corrientes neoliberales euro-americanas establecieron en el convulso período entre 1973 y 1989.
Así las cosas la desobediencia electoral no es una opción. Cada vez más se presenta como un horizonte políticamente fértil. Tampoco es un destino trágico, sino una fuente de alegría política: la posibilidad muy bajtiana del carnaval. Habrá nostálgicos del voto que no puedan disimular su disenso; sí, aquello de que “en este país murió mucha gente para que podamos votar, y si no votamos gobernará la derecha… o vendrá la dictadura… o será un caos”. Nostalgia de lo que nunca se ha perdido, lo cierto es que la dictadura está aquí, nunca se fue, siempre estuvo gobernándonos y seguimos gobernados por gobiernos autoritarios. La cuestión es si estamos dispuestos a seguir legitimándolos a través del uso irreflexivo de esa maquinaria electoral que se traga el sentido representativo y delegado de los votos. Huérfanas de los mecanismos de su representación, las mayorías sociales pueden confluir, no en el programa político de un partido minoritario que nunca se convertirá en política pública, sino en la desobediencia como espacio político a significar, a fortificar, a cultivar en todas sus dimensiones, en suma, como esa arena política a donde puedan afluir las mareas en una riada de desacato y de negación. Ocupar las calles y plazas, las portadas y editoriales, tejer las redes en el hogar, en el vecindario, en el lugar de trabajo o estudio. Y no dejar de echar esas redes, para ir sumando. La gente. Sí. Con la cabeza bien alta, los indecentes son los otros. Cargados con muchas ideas razonables y plausibles, no quimeras mercantilistas. La gente dispuesta en la dirección de exigir la transformación política del Sistema, no el solo cambio de Gobierno. ¿Qué hacer con la fuerza constitutiva del voto cuando ellos nos llamen a las urnas, nos convoquen a su fiesta de la democracia? No delegar, no hipotecar la fuerza constitutiva que entraña el voto. Al contrario: reservar colectivamente esa fuerza para hacerla rendir más prometedoramente, agregando la desobediencia en un bloque de resistencia civil, de nuevas prácticas y sentidos políticos. La desobediencia electoral es un capital político que pueden movilizar las mayorías sociales desposeídas de todo lo demás, cada vez más: es el juego estratégico con la norma, no la aceptación irreflexiva de su acatamiento.
Recientemente, las últimas elecciones en Grecia e Italia indican que la pluralidad social está reñida con la gobernabilidad democrática. La supuesta ingobernabilidad de parlamentos heterogéneos –en un gesto nostálgico del funcional bipartidismo- nos hace pensar con más fuerza en la necesidad de cambiar las reglas del juego y aspirar a otra forma de gobierno y, sobre todo, a otra manera de formar gobiernos. Las mayorías sociales están en las calles pidiendo a gritos un carnaval político, un período políticamente extraordinario en el que se inviertan las jerarquías y se genere anti-estructura, donde las mayorías establezcan un nuevo criterio de ordenación política, donde la fuerza constitutiva se transforme en un acontecimiento constituyente. Hasta ir minando esa legitimidad que hoy atesoran como un capital las corporaciones políticas, tendremos que pensar en la posibilidad de dar un sentido colectivo, unitario y confluyente, de bloque, a la fuerza política que reside en la denegación de la legitimidad por las urnas: el principio de no delegación. Secuestrar el voto para forzar el regateo, las transacciones con el poder. Secuestrarlo hasta que el campo político que ahora patrimonializan celosamente se abra a la decisión colectiva, de modo que el formalismo electoral del voto pueda ir más allá de un colaboracionismo a la francesa o de un quintacolumnismo, esa forma cínica de justificar o callar ante las fuerzas de ocupación enemigas. Entre tanto se nos reprochará que con ello sólo favorecemos la llegada de la dictadura o del caos. Pero tenemos una urgencia: el mal gobierno ya está aquí; y nos hemos impuesto una tarea: desbancarlo del poder.
Fuente: Rebelión. Bajo Licencia CC del autor.
02 agosto, 2012
DERECHO A DESOBEDECER
| En Rebelión el 18-07-2012 |
10 diciembre, 2010
ASSANGE, CONTROLADORES Y EL FASCISMO DE LOS GOBIERNOS

El gobierno español ha actuado con los controladores como un estado fascista, al igual que EEUU actúa contra una persona como Julian Assange. Quieren encarcelar al periodista por abusos sexuales, como sin más remedio hicieron con los impuestos a Al Capone. Hay pruebas silenciadas respecto a los controladores: fueron a trabajar la mayoría y cerró AENA el espacio aéreo para echarle la pelota en el tejado de ellos, tras largos periodos de negociaciones.Es un conflicto laboral que ha gozado de la falta de solidaridad de todos los ciudadanxs ENGAÑADOS. En todos los casos existen trabajadores que se han rebelado contra el poder obligado e impuesto. Assange con la información ajena y los controladores con una paralización de su trabajo. Los medios y el gobierno siempre CRIMINALIZAN con su armamento aquello que no controlan. DESDE NUESTRO ÁMBITO EXTENDEMOS OTRA OPINIÓN.
NOTICIA
Intelectuales australianos, secundados por Chomsky, respaldan a Assange
La "retórica cada vez más violenta" contra Julian Assange genera "graves preocupaciones" por la seguridad del fundador de WikiLeaks, dice la carta dirigida a la jefa del gobierno australiano, Julia Gillard.
"Le pedimos condenar, en nombre del gobierno australiano, los llamados a atacar físicamente a Assange y a decir públicamente que usted asegurará que Assange reciba las protecciones a las que tiene derecho" aunque las amenazas vengan de individuos o estados, señala la carta publicada en la página web de la televisión australiana ABC.
La carta fue escrita por el profesor Jeff Sparrow, de la universidad de Victoria, y por Lizzie O'Shea, abogada especializada en los Derechos Humanos.
Según Jeff Sparrow, se enviaron algunas invitaciones para firmar el documento, y rápidamente muchos firmantes se unieron.
El equipo fue contactado por Noam Chomsky, lingüista y profesor en la universidad del MIT (Massachusetts Institute of Technology).
"Chomsky se puso en contacto con nosotros porque creo que alguien le pasó la carta", declaró a la AFP Sparrow.
"Creo que la impresión de que Assange es tratado de forma injusta no se limita a Australia", añadió.
Entre los firmantes figuran el senador del partido verde Bob Brown y varios escritores australianos, como Raimond Gaita, Christos Tsiolkas y Helen Garner.
Según la carta, una declaración de la parte la primera ministra "no tendría que crear controversia. Es un simple compromiso a favor de los principios democráticos y de la ley".
"Si no hacemos nada para evitar estas incitaciones a la violencia contra Assange, un precedente perturbados se habrá establecido en el mundo anglófono", destaca el texto.
A finales de noviembre, el gobierno australiano declaró, a través del fiscal general Robert McClelland, que apoyaría a Washington en caso de acción judicial contra WikiLeaks.
Fuente: Rebelión
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- Y por supuesto, la más importante de las ayudas, REVELANDO SECRETOS.
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Fuente: CGT Andalucía


