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30 marzo, 2015

AUTONOMÍA Y FEDERALISMO EN BLAS INFANTE

Los socialistas que escriben sobre Blas Infante, Andalucía y/ o Autonomía,  siempre son superficiales y siempre acaban citando a Hobsbawm y a Manuel Gonzalez de Molina (no Eduardo, su hermano, - menos mal). He aquí otro fichaje de fundación.



AUTONOMÍA Y FEDERALISMO EN BLAS INFANTE (PDF)

1. Algunas cuestiones generales de contexto que no
habría que olvidar............................................................................................9
2. El punto de partida: la apuesta por el regionalismo en el
debate sobre la articulación territorial del Estado
español en los años de tránsito del siglo XIX al XX......................13
3. Blas Infante Pérez: regionalismo, (con)federalismo y
autonomía...........................................................................................................19

9
1. Algunas cuestiones generales de
contexto que no habría que olvidar
Aun cuando sea de una manera telegráfica quizás sería bueno comenzar recordando
algunas cuestiones que por obvias y conocidas no dejan de ser
relevantes en los tiempos que corren hoy día. La primera de ellas es que no
debemos olvidar que la nación y el nacionalismo son fenómenos históricos,
que se construyen y evolucionan en sus formulaciones en contextos históricos determinados,
y que, en consecuencia, se explican e interpretan en términos igualmente
históricos. En segundo lugar, recordar igualmente que la cuestión de la articulación
territorial del Estado constituye uno de los grandes problemas —no resueltos aún de
manera definitiva— de la historia contemporánea española. A lo largo y ancho de
las dos últimas centurias las tensiones en torno a esta cuestión han estado presentes,
con mayor o menos intensidad, en el debate y en la pugna política, con actores,
formulaciones y propuestas diversas. En tercer lugar, apuntar también que en España
los momentos de mayor emergencia del debate territorial han coincidido, y no porque
sí, con coyunturas de apertura política y de incremento de la movilización social.
Como se ha repetido en numerosas ocasiones, el debate territorial y la cuestión de la
descentralización política han estado vinculados en muy buena medida en la historia
contemporánea de España a la historia de las demandas de democratización. Por
último, y en cuarto lugar, señalar que la historia de la cuestión territorial, y el debate
político suscitado en torno a la misma, no puede reducirse —como se hace en muy
buena medida hoy— a una cuestión no resuelta de encaje de una parte del territorio
—de Cataluña— en el Estado español. Con independencia de la importancia de
esta cuestión —como del encaje de otras nacionalidades históricas de las que habla la
Foro Permanente sobre el 10 Estado Autonómico
Constitución de 1978—, el debate ha tenido más caras, más actores y las propuestas
han tenido formulaciones y alcances muy diversos, no circunscribiéndose necesariamente
a la cuestión catalana o vasca, por citar dos ejemplos señeros que nos vienen
inmediatamente a la mente hoy día.
Decía más arriba que la cuestión territorial y el nacionalismo son problemas y fenómenos
históricos que se formularon, se siguen formulando, y se explican en términos
históricos. No ha existido una única manera de entender y formular la cuestión territorial
y la identidad nacional. Al menos ha habido dos grandes corrientes a la hora de
concebir la nación, que surgieron y respondieron a contextos históricos determinados
y diferentes, y de las que se derivaron implicaciones políticas distintas. De una parte,
la concepción liberal de la nación, acuñada en la primera oleada de formación de los
Estados-Nación europeos; de otra la concepción etnicista de la nación, propia de las
teorías del nacionalismo desarrolladas a finales del siglo XIX1. Como es sabido, la primera
—la concepción liberal de nación—, fundamentaba la definición de la nación en
criterios de naturaleza política y económica, y concretaba el principio de pertenencia
a la comunidad nacional a una condición de ciudadano que se definía igualmente
como sujeto portador de derechos políticos y económicos. Frente a ella la segunda —la
concepción etnicista de nación— fundamentada en criterios de lengua, cultura, raza,
creencias religiosas, etc.
Por razones de índole política y económica que no voy a detallar aquí, a finales del
siglo XIX la segunda de las opciones —la concepción etnicista de la nación— se impone,
y los términos de nación y de nacionalismo adquieren nuevos significados, nuevos
sentidos. La primacía de la concepción étnica terminó gestando un discurso de la
nación de corte esencialista/idealista, que concebía a ésta como un ente dotado de un
alma, de un espíritu o de un genio particular que se expresaba a través de una lengua,
de un arte, de un derecho, de una costumbre… en definitiva, que se expresaba a través
de las manifestaciones de una cultura propia. De la primacía del individuo —propia
de la concepción liberal— se pasaba a la hegemonía de la cultura; ahora los derechos
de ciudadanía no se concebían solo para los vivos, sino también para los que habían
vivido y los que debían nacer, quedando fijada su representación en manos del Estado.
El demos, la comunidad, no se identifica ya con el pueblo sino con la nación, que pasaba
a ser concebida ahora como sujeto preferente de unos derechos que se entendían
siempre como derechos colectivos.
1


COMPLETO AQUI:
http://www.centrodeestudiosandaluces.es/datos/factoriaideas/IFO19_13.pdf

Fuente: FPA CEA Junta deAndalucía

28 abril, 2013

IDEAS SOBRE AUTONOMÍA Y AUTOGESTIÓN



Para el anarquismo, la autogestión sería un proyecto o movimiento social que tiene como medio y finalidad que la empresa y el conjunto de la economía sean administradas por aquellos que se encuentran directamente vinculados a la producción, distribución y uso de bienes y servicios; este concepto, de nivel colectivo, tiene también como ideal la autonomía del individuo. Aunque se ha apuntado lo económico como objetivo de la autogestión, puede extenderse a toda la práctica social propugnando la democracia directa como el tipo de funcionamiento en las instituciones. La autogestión tiene como contrapartida la heterogestión, según la cual se dirige la economía, la política, o cualquier otra práctica social, desde el exterior del conjunto de los directamente afectados, normalmente por un grupo minoritario que es el que toma las decisiones (así ocurre en el sistema capitalista y estatal); así, de modo similar, la autonomía se opone a la heteronomía, donde las normas se dictarían desde fuera de la comunidad sin que el conjunto de sus miembros puedan decidir sobre ellas. El anarquismo, lejos de ser un sistema social y político acabado, apostaría por la autogestión como un proyecto y un método elegido por los miembros del grupo afectado (a pequeña escala, puede ser una factoría o una escuela, hasta el conjunto de la sociedad).

Por supuesto, aunque se insiste en la autonomía individual, el anarquismo observa al ser humano como un ente social, codependiente del resto de miembros de la sociedad; la manera de entender la libertad individual tendría una condición fundamental en la participación de la autogestión colectiva, sin coacción exterior alguna, por lo que aquella no se compromete. La práctica habitual en la historia de la humanidad han sido la heterogestión y heteronomía, lo cual no supone que para el futuro no exista un cambio de paradigma y se vayan consolidando prácticas de autogestión. El ideal ácrata aspira a una autogestión del conjunto de la sociedad, por lo que implica la desaparición de todos los centros de poder donde ahora se gestiona por parte de una minoría (partidos políticos, burocracias sindicales, el conjunto del Estado…) y la participación de todos los miembros de la comunidad gracias a la descentralización y sin que existan intermediarios ni dirigentes. Por lo tanto, la autogestión anarquista supone una transformación radical de la sociedad.

Recordaremos el decálogo de autogestión, citado en el texto "Utopía colectiva y autonomía individual", de Nelson Méndez y Alfredo Vallota, publicado en Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.2:
1. Autogestión: No delegar el poder popular.
2. Armonía de las iniciativas. Unir el todo y las partes en un socialismo federativo.
3. Federación de los organismos autogestionarios. El socialismo no debe ser caótico, sino unidad coherente del todo y sus partes, de la región y la nación.
4. Acción directa: Anti-capitalismo, anti-burocratismo, para que el pueblo sea el sujeto activo de la historia, mediante la democracia directa.
5. Autodefensa coordinada: Frente a la burocracia totalitaria y a la burguesía imperialista, defensa de la libertad y el socialismo autogestionario, difundido mediante la propaganda por los hechos, no con actitudes retóricas.
6. Cooperación en el campo y autogestión en la ciudad: La agricultura se presta a una empresa autogestionaria, cuyo modelo puede ser el complejo agro-industrial cooperativo. En la ciudad, las industrias y los servicios deben ser autogestionados; pero sus consejos de administración han de estar constituidos por productores directos, sin ninguna mediación de clases dirigentes.
7. Sindicalización de la producción: El trabajo sindicado debe convertirse en trabajo asociado con sus medios de producción, sin burocracia ni burguesía dirigiendo patronalmente las empresas.
8. Todo el poder a las asambleas: Nadie debe dirigir en lugar del pueblo ni usurpar sus funciones con el profesionalismo de la política; la delegación de poderes no deberá ser permanente, sino en personas delegadas, no burocratizadas, elegibles y revocables por las asambleas.
9. No delegar la política: Nada de partidos, vanguardias, élites dirigentes, conductores, pues el burocratismo ha matado la espontaneidad de las masas, su capacidad creativa, su acción revolucionaria, hasta convertirlo en un pueblo pasivo, dócil instrumento de las élites del Poder.
10. Socialización y no racionalización de las riquezas: Pasar el papel protagónico de la historia a los sindicatos, las cooperativas, las sociedades locales autogestoras, los organismos populares, las mutualistas, las asociaciones de todo tipo, las auto-administraciones o autogobiernos, locales, comarcales, regionales y al co-gobierno federal, nacional, continental o mundial.
Por lo tanto, tal y como señala Cappeletti en La ideología anarquista, la autogestión es uno de los conceptos que sintetizan la filosofía social que propone el ideal ácrata. La palabra anarquismo, utilizado por primera vez por Proudhon con un sentido negativo, muy pronto será sustituida de una manera constructiva; así, autogestión es prácticamente un sinónimo positivo de anarquismo. Fueron los anarquistas en el seno de la Primera Internacional los que dieron auténtico sentido a este concepto, aunque con el paso del tiempo otras corrientes e ideologías se han apropiado del término restándole intensidad. Insistiremos, por tanto, que los anarquistas pretenden la autogestión integral, la cual supone por supuesto la toma de posesión de la tierra y del conjunto de los medios de producción, así como la dirección y administración de la empresa por parte de la asamblea de trabajadores; pero también la coordinación a través de la federación de empresas de todo tipo (desde lo local, pasando por lo regional y nacional, llegando incluso al nivel mundial). Por lo tanto, la autogestión integral que propugnan los anarquistas es un concepto estrechamente vinculado a otras propuestas políticas como son la descentralización y federación.

Si hablamos de economía autogestionaria solo podemos estar hablando de socialismo, por concretar más los conceptos políticos y huir de corrientes (supuestamente) anarquistas muy rechazables desde un punto de vista verdaderamente social y emancipador. Puede decirse más, y es que los anarquistas no conciben otra forma de socialismo que no pase por la autogestión, por lo que llegamos a una idea de la libertad estrechamente vinculada a la igualdad social; la economía libertaria es autogestionaria, los medios de producción están en manos de los propios trabajadores, y socialista, el objetivo es cubrir las necesidad de la comunidad. La autogestión, tal como la propone el anarquismo, y por muy radical que se presente, resulta una propuesta sociopolítica muy sólida; un método efectivo de combatir la miseria y alienación inherentes a la dominación política y a la explotación económica.