11 noviembre, 2014

TRATADO TRASATLÁNTICO: AMERICANIZACIÓN EUROPEISTA



Y la presidenta de la Junta con la jefa del Burger King la semana pasada. Como dicen The Vagos: "No seremos gays pero nos cabe el ave". 

(Por supuesto sin ánimo de faltar) .





Los desastrosos efectos del Tratado Transatlántico (TTIP)

Albert Borràs Rius⎮Rebelión⎮2 octubre 2014
Una amalgama de siglas está apareciendo para describir lo mismo. Y no es sin razón. La opacidad por la cual está siendo tratado este nuevo tratado de libre comercio entre los Estados Unidos y la Unión Europea, induce a la falta de consenso entre los actores mediáticos. Aun así, en la prensa se han aceptado de manera general las siglas en inglés, puestas en disposición por las instituciones supranacionales, de TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership, por sus siglas en inglés) [1]. Sin embargo, la sopa de letras no se termina con elTTIP. CETA (Comprehensive Economic and Trade Agreement) y el SPA (Strategic Partenship Agreement) son acuerdos, de carácter comercial y político entre los países de la Unión y Canadá. Éste servirá como puente para implementar el TTIP. El 26 de setiembre de 2014, las negociaciones entre los dos actores han finalizado a la espera de la ratificación del tratado en el Consejo y Parlamento Europeo (ente competente) y en los respectivos parlamentos de los estados comunitarios (si su constitución lo exige).

PERO, ¿QUÉ ES EL TTIP?

Parece entendido que este tratado supone, de manera general, organizar el mercado de libre comercio más grande de todo el mundo, que aglutinaría más de 800 millones de consumidores y más de la mitad del PIB mundial (54%) permitiendo, asimismo, dopar las economías europeas en 120.000 M€ y las americanas en 95.000 M€ (datos elaborados por Center for Economic Policy Research) [2]. Con esta mirada económica, un ciudadano europeo no dudaría de su implantación, pero… ¿por qué entonces tanto secreto?

El TTIP sobrepasa con creces los “simples” acuerdos de libre comercio, puesto que persigue tres objetivos importantísimos a esclarecer. El primero, consistiría en la supresión de los últimos derechos de aduana (barreras tarifarias), de por sí muy bajos [3]. El segundo, por su parte, pretende “armonizar” las barreras no tarifarias (normas) entre los países involucrados [4]. Por último, consiste en garantizar mecanismos legales, llamados ISDS (Investor-State Dispute Settlement), para que los inversores no se encuentren con trabas reglamentarias o legislativas en los mercados que pretendan introducirse, y en caso de encontrarlas, poderlas esquivar. Dicho en otras palabras, el TTIP (o también elCETA) pretende priorizar los intereses de las grandes empresas sobre los Estados, con la evidente pérdida de soberanía que esto conllevaría. [5][6]

De hecho, las negociaciones han estado instigadas por numerososlobbys americanos [7] y europeos [8], pero de manera oficial son los funcionarios de los respectivos gobiernos quienes lo están tratando [9]. Las negociaciones finalizarán, teóricamente, el año que viene, pero serán precedidas por un largo proceso de ratificación en el Consejo y el Parlamento Europeo así como en los países que su legislación lo exija. Este proceso no será tarea fácil en este período de crisis económica, social y política en Europa (sobre todo en el Sur). De este contexto más la incertidumbre sobre las posibles consecuencias del TTIP se deduce la impermeabilidad de las instituciones [10].

¿QUÉ VENTAJAS O DESVENTAJAS ACARREARÁ EL TTIP?

Las ventajas o desventajas hacia las sociedades europeas o americanas son diferentes según cada caso, y según el prisma ideológico desde el que se mire. Según el informe preparado por el lobby banquero CEPR para la Comisión Europea (quién, asimismo, afirma que es una predicción económica y como es obvio carece inevitablemente de certidumbre), las ventajas están vinculadas al crecimiento económico (aumento del 0,5% del PIB de la UE y de un 0,4% por el de EUA) sobretodo en unos sectores determinados: especialmente el sector automovilístico (40% de incremento de las exportaciones), el sector metalúrgico (+12%), la comida procesada (+9%), los productos químicos (+9%)… Al respecto del empleo, el estudio encargado para la Comisión predice un traspaso de empleos entre sectores (con relación a 7 empleos de cada 1000 en 10 años) y no realmente la creación del mismo. ¡Esto es importante! Los políticos siempre juegan la baza de la creación del empleo para justificar el tratado de libre comercio (u otros intereses de dudosa legitimidad) cuando realmente no se adhieren a los datos de los estudios oficiales de las instituciones las cuales ellos representan.

Además, las desventajas se materializan en múltiples niveles más, las cuales no están mencionadas en el estudio de la CEPR (de análisis demasiado economicista): el tratado arriesga el nivel social, económico, sanitario, cultural, del medio ambiente, político e incluso geopolítico… Por ejemplo, los ocho derechos fundamentales propuestos por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) son adoptados por los países integrantes de la UE. En contrapartida, solo dos de ellos son ratificados por el gobierno de los Estados Unidos. La experiencia de los tratados de libre comercio nos sugiere que la “armonización” de las normas se establece a partir del mínimo denominador común, cosa que conllevaría a una pérdida de derechos fundamentales por la parte de los trabajadores europeos, sección puntualmente mencionada por el CEPR quién afirma, de hecho, la necesidad de la desregularización del empleo.

Otro ejemplo que proponemos, por su sensibilidad social, son las amenazas sobre el medio ambiente. Un mercado de libre-cambio incrementará el tráfico de mercancías así como el gasto en energía y, consigo, la contaminación. Por otra parte, la libre entrada y utilización de determinadas tecnologías contaminantes tales como la extracción del gas de esquisto (fracking), permitir la utilización de productos químicos agro-industriales (¿os gusta el pollo bañado con cloro y la carne de vaca con hormonas? sic.) o abrir las puertas a los OMG (aunque en España la práctica de los transgénicos está muy arraigada [11])… serían algunos de estos efectos a considerar.

Para terminar este punto, mencionaremos el más preocupante: la pérdida de democracia. Constantemente, políticos y ciudadanos afirmamos rotundamente que vivimos en una democracia. Pero la democracia no está o deja de estar, sino que se tiene más o menos según la estructura productiva y la interlocución de los actores competentes dentro del sistema (donde la sociedad es el actor legítimo en una democracia). La falta de transparencia de la Unión Europea en torno a un TTIP de por sí poco democrático, denunciada por el tribunal de Justicia de la Unión Europea (CURIA), es sintomática de la pérdida de calidad democrática que ocasionarán los tratados. La economía está desbancando la política y definitivamente sometiendo la sociedad a las leyes del mercado.

LA “ANARQUÍA” DEL MERCADO (NEO) LIBERAL

Una Europa sumisa a los dictámenes de las grandes transnacionales conllevará una transformación del sistema productivo, y por tanto del sistema social, así como un retroceso en la soberanía de los Estados (la poca que ya les queda después de firmar el traslado de soberanía en los tratados de Lisboa). Una liberación de la capacidad de acción de las grandes empresas, quienes aumentarán la competencia (híper-competencia), induce a un escenario donde los pequeños productores pueden verse muy castigados si no son capaces de adaptarse a estas nuevas circunstancias, ocasionando conflictos en todos los niveles de la sociedad. Los monopolios, oligopolios… tendrán la oportunidad de incrementar su capacidad de acción en contra de los Estados, quienes estarían desprovistos de herramientas legales para ello (recordemos los mecanismos de arbitraje estado-empresa ISDS). Las reformas estructurales, vividas de manera extrema en España, son la base para que la libre circulación se pueda instaurar. Esta última, si se llega a materializar, será un nuevo escalón hacia la globalización económica, con Estados Unidos partiendo con cierta ventaja gracias a la influencia de los gigantes de Internet: Google, Amazon, Facebook, Microsoft… Esta desregularización de los mercados agravaría asimismo las posibilidades de crisis. Primero, fruto de la especialización productiva en el territorio, que tendería a intensificarse en contra de la diversidad productiva cuya resistencia a las seculares crisis económicas del capitalismo es más efectiva. Segundo, los Estados, como mediadores de las fuerzas sociales y las fuerzas patronales, carecerían de competencias para evitar la caída del sistema productivo. La pérdida de democracia a favor del control de la economía es el precio final.

Notas:

[1] http://ec.europa.eu/trade/policy/in-focus/ttip/index_fr.htm

[2] El CEPR es una organización (lobby) financiada por distintos bancos privados.

[3] Según la Organización Mundial del Comercio las barreras tarifárias en Europa varían según los productos pero la media se encuentra en 5,8 %. Los productos que contienen una carga tarifária mayor son los productos agrarios con una media de 13,24 %. En contrapartida, los derechos de aduana impuestos en los productos industriales son muy inferiores, 4,2 %.

[4] Según un estudio realizado por la Fondation Res Publica, el 16 de Setiembre de 2013, la “armonización” de las normas se va a hacer desde “abajo”. Es decir, se cogerán las normas nacionales o supranacionales cuyas restricciones sean menos “dañinas” para los flujos del capital.

[5] La multa de casi 9.000 M€ impuesta al grupo bancario francés de BNP Paribas por parte del Gobierno de los Estados Unidos por una supuesta inversión en países bajo embargo de los EUA (Cuba, Irán y Sudan) nos augura que la ley económica americana prevalecerá sobre las otras. Parece paradoja que cuando se está gestando un tratado transatlántico donde prevalecerán los intereses de las multinacionales defendidas por futuros tribunales internacionales, el gobierno americano pueda imponer su ley (dado su control sobre el dólar) a las empresas europeas.

[6] Nos parece importante matizar que el principal interés estadounidense es de carácter imperialista y, por lo tanto, geopolítico (o geoestratégico). La razón viene condicionada por la nueva postura proteccionista del gobierno Chino, sobre todo en lo referente a la protección de sus propias marcas de alta tecnología para el consumo nacional. Asimismo, sus ambiciones monetarias persiguen rivalizar con el dólar poco a poco (aunque esto quede alejado). Además, EUA quieren reequilibrar su déficit comercial de estos últimos años así que garantizar la hegemonía sobre las legislaciones de los productos industriales. Esto induciría la necesidad adaptativa de estados terceros a las reglas productivas del tratado Transatlántico. Mientras que los intereses europeos, por su parte, restan como simples cuestiones mercantilistas (sin ninguna ambición política para contrarrestar el dominio americano), EUA persigue mantener su hegemonía a toda costa, cosa que conllevará el intento de marginalizar China y Rusia. El proceso no es fácil, puesto que estos últimos están buscando aliados para contrarrestar la hegemonía americana. El ejemplo más claro lo encontramos con la reunión de los BRICS en Brasil coincidiendo con el Mundial de fútbol; así como la gira de Vladimir Putin en Latino América. Remarcable su acuerdo para realizar un Banco de inversión común entre los BRICS y el gaseoducto que unirá China y Rusia.

[7] De los cuales, la industria agroalimentaria, la industria cultural o, más aún, la industria de las nuevas tecnologías informáticas serían de los sectores más interesados. Según, Corporate Europe Observatory.

[8] Los grupos industriales alemanes, sobre todo los productores de vehículos, son los más interesados en este proceso quienes ven una oportunidad de deslocalizar parcialmente su industria en el territorio americano. Este último está modernizando fuertemente su tecnología industrial y contiene una legislación más laxa en el ámbito del trabajo.

[9] Del 14 al 18 de Julio se han llevado a cabo la sexta ronda de negociaciones entre los Estados Unidos y la Unión Europea en Bruselas. Entre el 29 al 3 de Octubre, la séptima ronda de negociaciones tendrán lugar en Maryland (EUA).

[10] Asimismo, la opacidad de las negociaciones han facilitado la elección del “ultra liberal” Jean-Claude Junquer que sustituyera a José Manuel Durao Barroso en la Comisión Europea. Este último inició las negociaciones transatlánticas con los Estados Unidos en 2013.

[11] http://www.greenpeace.org/espana/es/Trabajamos-en/Transgenicos/

Albert Borràs Rius es licenciado en geografía y estudiante de Master 2 en Geopolitica en el Institut Français de Géopolitique.

ACUERDO TRASLATLÁNTICO




Nº: 221   Marzo  2014

¡Peligro! Acuerdo Transatlántico
Ignacio Ramonet

Dentro de dos meses, el 25 de mayo, los electores españoles elegirán a sus 54 diputados europeos. Es importante que, esta vez, a la hora de votar se sepa con claridad lo que está en juego. Hasta ahora, por razones históricas y psicológicas, la mayoría de los españoles –jubilosos de ser, por fin, “europeos”– no se molestaban en leer los programas y votaban a ciegas en las elecciones al Parlamento Europeo. La brutalidad de la crisis y las despiadadas políticas de austeridad exigidas por la Unión Europea (UE) les han obligado a abrir los ojos. Ahora saben que es principalmente en Bruselas donde se decide su destino.

Entre los temas que, en esta ocasión, habrá que seguir con mayor atención está el Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión (ATCI) (1). Este convenio se está negociando con la mayor discreción y sin ninguna transparencia democrática entre la Unión Europea y Estados Unidos (EEUU). Su objetivo es crear la mayor zona de libre comercio del planeta, con cerca de 800 millones de consumidores, y que representará casi la mitad del Producto Interior Bruto (PIB) mundial y un tercio del comercio global.

La UE es la principal economía del mundo: sus quinientos millones de habitantes disponen, en promedio, de unos ingresos anuales per cápita de 25.000 euros. Eso significa que la UE es el mayor mercado mundial y el principal importador de bienes manufacturados y de servicios, dispone del mayor volumen de inversión en el extranjero, y es el principal receptor planetario de inversiones extranjeras. La UE es también el primer inversor en EEUU, el segundo destino de las exportaciones de bienes estadounidenses y el mayor mercado para las exportaciones estadounidenses de servicios. La balanza comercial de bienes arroja, para la UE, un superávit de 76.300 millones de euros; y la de servicios, un déficit de 3.400 millones. La inversión directa de la UE en EEUU, y viceversa, ronda los 1,2 billones de euros.

Washington y Bruselas quisieran cerrar el tratado ATCI en menos de dos años, antes de que finalice el mandato del presidente Barack Obama. ¿Por qué tanta prisa? Porque, para Washington, este acuerdo tiene un carácter geoestratégico. Constituye un arma decisiva frente a la irresistible subida en poderío de China; y, más allá de China, de las demás potencias emergentes del grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, la India, Sudáfrica). Hay que precisar que, entre los años 2000 y 2008, el comercio internacional de China creció más de cuatro veces: sus exportaciones aumentaron un 474% y las importaciones un 403%. ¿Consecuencia? Estados Unidos perdió su liderato de primera potencia comercial del mundo que ostentaba desde hacía un siglo... Antes de la crisis financiera global de 2008, EEUU era el socio comercial más importante para 127 Estados del mundo; China sólo lo era para 70 países. Ese balance se ha invertido. Hoy, China es el socio comercial más importante para 124 Estados; mientras que EEUU sólo lo es para 76.

¿Qué significa eso? Que Pekín, en un plazo máximo de diez años, podría hacer de su moneda, el yuan (2), la otra gran divisa de intercambio internacional (3), y amenazar la supremacía del dólar. También está cada vez más claro que las exportaciones chinas ya no sólo son productos de baja calidad a precios asequibles por su mano de obra barata. El objetivo de Pekín es elevar el nivel tecnológico de su producción (y de sus servicios) para ser mañana líder también en sectores (informática, finanzas, aeronáutica, telefonía, ecología, etc.) que EEUU y otras potencias tecnológicas occidentales pensaban poder preservar. Por todas estas razones, y esencialmente para evitar que China se convierta en la primera potencia mundial, Washington desea blindar grandes zonas de libre cambio a las que los productos de Pekín tendrían difícil acceso. En este mismo momento, EEUU está negociando, con sus socios del Pacífico (4), un Acuerdo Transpacífico de Libre Cambio (Trans-Pacific Partnership, TPP, en inglés), gemelo asiático del Acuerdo Transatlántico (ATCI).

Aunque el ATCI empezó a gestarse en los años 1990, Washington ha presionado para acelerar las cosas. Y las negociaciones concretas se iniciaron inmediatamente después de que, en el Parlamento Europeo, la derecha y la socialdemocracia aprobaran un mandato para negociar (aceptado también, en España, en la proposición presentada conjuntamente, en el Congreso de los Diputados, por el PP y el PSOE...). Un informe, elaborado por el Grupo de Trabajo de Alto Nivel sobre Empleo y Crecimiento, creado en noviembre de 2011 por la UE y EEUU, recomendó el inicio inmediato de las negociaciones.

La primera reunión tuvo lugar en julio de 2013 en Washington, seguida de otras dos en octubre y diciembre (5). Y aunque las negociaciones están actualmente suspendidas debido a desacuerdos en el seno de la mayoría demócrata en el Senado de Estados Unidos (6), las dos partes están decididas a firmar lo antes posible el ATCI. De todo esto, los grandes medios de comunicación dominantes han hablado poco, con la esperanza de que la opinión pública no tome conciencia de lo que está en juego, y de que los burócratas de Bruselas puedan decidir sobre nuestras vidas con toda tranquilidad y en plena opacidad democrática.

Mediante ese acuerdo de marcado carácter neoliberal, EEUU y la UE desean eliminar aranceles y abrir sus respectivos mercados a la inversión, los servicios y la contratación pública, pero sobre todo intentan homogeneizar los estándares, las normas y los requisitos para comercializar bienes y servicios. Según los defensores de este proyecto librecambista, uno de sus objetivos será “acercarse lo más posible a una eliminación total de todos los aranceles del comercio transatlántico en bienes industriales y agrícolas”. En cuanto a los servicios, la idea es “abrir el sector servicios, como mínimo, tanto como se ha logrado en otros acuerdos comerciales hasta la fecha” y expandirlo a otras áreas, como el transporte. Sobre la inversión financiera, las dos partes aspiran a “alcanzar los niveles más altos de liberalización y protección de las inversiones”. Y sobre los contratos públicos, el acuerdo pretende que las empresas privadas tengan acceso a todos los sectores de la economía (incluso a las industrias de defensa), sin discriminación alguna.

Aunque los medios de comunicación dominantes apoyan sin restricción este acuerdo neoliberal, las críticas se han multiplicado sobre todo en el seno de algunos partidos políticos (7), de numerosas ONG y de organizaciones ecologistas o de defensa de los consumidores. Por ejemplo, Pia Eberhardt, miembro de la ONG Corporate Europe Observatory, denuncia que las negociaciones se han llevado a cabo sin transparencia democrática y sin que las organizaciones civiles hayan tenido conocimiento en detalle de lo que se ha acordado hasta ahora: “Hay documentos internos de la Comisión Europea –declara la activista– que indican que esta se reunió, en la fase más importante, exclusivamente con empresarios y sus lobbys. No hubo un solo encuentro con organizaciones ecologistas, con sindicatos, ni con organizaciones protectoras del consumidor” (8). Eberhardt observa con inquietud una posible disminución de las exigencias para la industria alimentaria. “El peligro –comenta– lo conforman los alimentos no seguros importados de EEUU que podrían contener más transgénicos, o los pollos desinfectados con cloro, procedimiento prohibido en Europa”. Añade que la industria agrícola-ganadera estadounidense exige la supresión de los obstáculos europeos a ese tipo de exportaciones.

Otros críticos temen las consecuencias del ATCI en materia de educación y de conocimiento científico, pues podría extenderse a los derechos intelectuales. En este sentido, Francia, para proteger su importante sector audiovisual, ya impuso una “excepción cultural”. El ATCI no abarcará las industrias culturales.

Varias organizaciones sindicales denuncian que, sin ninguna duda, el Acuerdo Transatlántico ahondará en los recortes sociales, en la reducción de los salarios, y destruirá empleo en varios sectores industriales (electrónica, comunicación, equipos de transporte, metalúrgica, papel, servicios a las empresas) y agrarios (ganadería, agrocombustibles, azúcar).

Los ecologistas europeos y los defensores del comercio justo explican además que el ATCI, al suprimir el principio de precaución, podría facilitar la supresión de regulaciones medioambientales o de seguridad alimentaria y sanitaria, a la vez que puede suponer una merma de las libertades digitales. Algunas ONG ambientalistas temen que se comience también a introducir en Europa el fracking, o sea el uso de sustancias químicas peligrosas para los acuíferos, con el fin de explotar el gas y el petróleo de esquisto (9).

Pero uno de los principales peligros del ATCI es que incorpora un capítulo sobre “protección de las inversiones”, lo que podría abrir las puertas a demandas multimillonarias de empresas privadas en tribunales internacionales de arbitraje (al servicio de las grandes corporaciones multinacionales) contra los Estados por querer estos proteger el interés público, lo cual puede suponer una “limitación de los beneficios de los inversores extranjeros”. Aquí lo que está en juego es sencillamente la soberanía de los Estados y el derecho de estos para llevar a cabo políticas públicas en favor de sus ciudadanos. Para el ATCI, los ciudadanos no existen; sólo hay consumidores, y estos pertenecen a las empresas privadas que controlan los mercados.

El desafío es inmenso. Y la voluntad cívica de parar el ATCI no debe ser menor.

(1) En inglés, Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP).
(2) El valor del yuan está alineado sobre el del dólar estadounidense.
(3) En abril de 2011, en el marco de la Cumbre de los BRICS en Sanya (isla de Hainan, China), se firmó un acuerdo de cooperación financiera entre las cinco potencias emergentes que prevé la apertura de líneas de crédito en sus monedas nacionales respectivas, con el fin de reducir la dependencia respecto al dólar. En 2008, ya Pekín había firmado este tipo de acuerdo con Argentina.
(4) Australia, Brunéi, Canadá, Chile, Corea del Sur, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam.
(5) Por parte europea, el jefe de los negociadores de la UE es el español Ignacio García Bercero.
(6) Léase Le Figaro, París, 4 de octubre de 2013.
(7) Léase, por ejemplo, la resolución sobre el ATCI adoptada por Izquierda Unida: http://www.izquierda-unida.es/sites/default/files/doc/RESOLUCION_TLC_UE_EEUU_ConferenciaEuropa_Junio2013.pdf; Y la posición de Jean-Luc Mélenchon, líder del 'Parti de Gauche' francés: http://europe.jean-luc-melenchon.fr/sujet/grand-marche-transatlantique/
(8) Léase Deutsche Welle en español, 17 de febrero de 2013, http://www.dw.de/tratado-ee-uu-ue-libertades-recortadas/a-17438697
(9) Léase “A Brave New Transatlantic Partnership”, 4 de octubre de 2013, http://corporateeurope.org/trade/2013/10/brave-new-transatlantic-partnership-social-environmental-consequences-proposed-eu-us

INMUNIDAD Y DESCARO PARA LOS INTELECTUALES PROGRES DE CONSUMO CULTURAL ANDALUZ

Los "rojos" de consumo en Andalucía, viven su esplendor mientras se  "autogestionan"  y reparten nuestras instituciones con tratos de favor, premios, conciertos, investigaciones, exposiciones  y conferencias. En este caso, esta extraordinaria pareja amorosa, unen en CAL y el IAF sin escrúpulos. Todavía recuerda mi memoria una charla de Téllez en el sótano del Corral de la Utopía con el séquito lamioso de la Olavide, y la semana después aparecer en prensa su nombramiento sabido en el Centro Andaluz de las Letras. Y es que son así: dios los cría y el viento los amontona. También llama a Pinilla que lo ha vuelto loco IU con Sócam estos años.
Cinismo e  hipocresía. Los intelectuales de consumo, -palabra de Fortes-, campean por nuestras instituciones como pez en el agua. Y consumen y mucho.
Lo de coste cero lo cobran con el próximo proyecto pactado..., como siempre. Andalucía es para ellos tierra de nadie: desde Canal Sur a la misma Consejería de la Presidencia.

Imagen: Pareja en la vida real.

El Centro Andaluz de las Letras se pone flamenco

  • La institución acoge un exposición con motivo del día internacional de este arte, mientras la Biblioteca Provincial organiza esta tarde un recital

02 noviembre, 2014

ANDALUCISMO Y PUEBLO ANDALUZ: CONFLUENCIAS Y DESENCUENTROS

En ocasiones veo personas confundidas.

 

Andalucismo y pueblo andaluz: confluencias y desencuentros

  • Renacen las condiciones para recobrar la ilusión colectiva en una comunidad que haga de la justicia social su gran objetivo.

SOS Almoraima Pública.

SOS Almoraima Pública.

Conviene distinguir el andalucismo sociológico del político. Podríamos definir el primero como el acusado sentimiento popular de pertenencia a una comunidad culturalmente diferenciada, para la que se reclama autogobierno. El andalucismo político, por su parte, ha de identificarse con el movimiento que, fundado en aquel sentimiento, quiso construirlo, intensificarlo y conducirlo.
El andalucismo de las clases populares y el de los intelectuales y políticos andalucistas, conectados por múltiples vínculos, no han ido siempre de la mano. El andalucismo político, círculo minoritario, quiso inspirar y dirigir el también exiguo sentimiento nacional andaluz, suministrándole un marco historiográfico e incluso un proyecto moderno de pueblo soberano. De hecho, este ideal andaluz ha llegado a proporcionar el marco de valores en el que se ha desenvuelto aquella sensación de pertenencia a la comunidad andaluza. Hasta tal punto ha resultado determinante, que hoy se encuentra referido en el Preámbulo del nuevo Estatuto, cuando invoca la «robusta y sólida identidad» de la región y se refiere a su «personalidad» construida «sobre valores universales».
La identidad nacional está siendo un elemento catalizador en otras comunidades. En Andalucía, no
Esta inclusión en la Carta autonómica actual no debe conducirnos a creer que la explicación andalucista de Andalucía resulta general y firmemente compartida. Si así fuese, andalucismo político y sentimiento vivo de pertenencia al pueblo andaluz habrían por fin convergido, desde el 4 de diciembre de 1977, para no volver a disociarse hasta el día de hoy. La impresión para algunos de los que no vivimos aquellos gloriosos episodios de rebelión y fervor autonomista es que, por el contrario, el ideal andalucista de Andalucía se encuentra muy desdibujado, e igual de declinante se halla el sentir colectivo de pertenencia a una comunidad.
El interrogante para los andaluces que nos criamos en democracia no puede ser otro que éste: ¿qué fue de aquel espíritu rebelde y masivo del 28-F? Se responderá que la despolitización experimentada por la sociedad española corroyó aquella vitalidad, pero ni siquiera hoy, que vivimos momentos de intensa repolitización, parece que el factor andalucista constituya un elemento catalizador decisivo, cuando la identidad nacional sí lo está siendo en otras comunidades españolas. Acaso en la historia puedan encontrarse algunas claves para despejar la incógnita.
Los primeros intentos de presentar Andalucía como comunidad política diferenciada, con derecho y capacidad de autogobierno, surgen en las décadas de los 1850 y 1860,  como reacción ante el manifiesto centralismo del Estado administrativo isabelino. Estas primeras propuestas se integraban en las corrientes críticas republicanas, federalistas y demócratas, cuyo efímero momento de gloria llegó con el Sexenio.
De entonces data una primera Historia general de Andalucía, de Joaquín Guichot, y también en esas fechas se fundaron periódicos como La Federación Andaluza, el Estado Andaluz o La Andalucía, encargados de difundir entre los sectores cultos y progresistas las reivindicaciones federalistas. No obstante, un proyecto constitucional de este corte para la región no llegaría hasta los años grises de la Restauración. Se acordó en la ciudad de Antequera, en 1883.
En aplicación del pactismo de Pi i Margall, en él se concebía Andalucía como Federación soberana, formada por el acuerdo libre de municipios y cantones autónomos y abierta a la confederación con otros pueblos de España. No se sostenía, pues, una concepción orgánica de la nación andaluza, colocada como ente histórico-natural por encima de sus miembros, sino una noción de soberanía cuya raíz descansaba en la «Autonomía humana».
Blas de Infante definía el andalucismo como "nacionalismo universalista" y, en tal sentido, "antinacionalista"
Con esta primera, importante Constitución, el andalucismo consagró sus principios ideológicos. República, pactismo, derechos ilegislables, igualdad y democracia formaban su núcleo. También, en parte, el propio socialismo, por eso se establecieron en ella, con gesto revolucionario, la responsabilidad civil objetiva de los patronos por los accidentes de trabajo y «el derecho de huelga pacífica y la práctica de la resistencia solidaria» por parte de «los obreros». Su programa de futuro, consistente en «preparar el advenimiento definitivo» de «la igualdad social», también era de naturaleza socialista, pretendiendo sintonizar con la creciente agitación popular.
 Los postulados fijados en Antequera sirvieron de guía al movimiento andalucista en las primeras décadas del siglo XX. En abierta repulsa al persistente «Estado centralista» y «oligárquico», del que el andalucismo se declaraba «separatista», continuaría concibiéndose la región como soberana, formada por el contrato entre sus componentes, e inseparable de un proyecto confederal para España. A juicio de José Acosta, es esta «simbiosis» entre el nacionalismo que reclama autonomía y la visión confederal del Estado lo que iba a dar la nota de «especificidad del nacionalismo andaluz».
Pero tenía otra: tener como punto fijo de referencia para sus expectativas las reivindicaciones nacionalistas catalanas. Por eso, en el llamado «Manifiesto de la Nacionalidad», de 1919, «interpretando las aspiraciones de los andaluces conscientes», se pedía al Gobierno que, «al reformar la Constitución española en sentido autonómico, no se prive de este Derecho a la Región Andaluza, a la cual deberá otorgársele una soberanía igual en la intensidad a la solicitada por la Mancomunidad catalana».
Tal reforma del Estado en sentido autonómico llegó con la proclamación de la República. El cambio de régimen animó al movimiento andalucista a lograr sus objetivos. En un primer momento, lo intentó sumándose a las posiciones que exigían un Estado federal. Es ahí donde andalucismo popular y político llegaron a su punto máximo de confluencia durante el periodo republicano. Constatada tras las elecciones constituyentes la falta de respaldo obrerista a sus candidatos, recomenzaría, sin embargo, la divergencia. Se abrió entonces un segundo momento, con la fórmula constitucional del Estado «integral» ya sancionada, en el que el andalucismo participó críticamente en la vía institucional del Estatuto, mientras los sectores populares que también deseaban «liberar» Andalucía, escasamente identificados con el Estado y sus reformas lentas y abstractas, continuaron con la vista puesta en la revolución social.
Sólo subsiste el elemento más externo de la identidad andaluza: la reacción frente al agravio del hecho diferencial catalán
El ideario andalucista experimentó en aquel contexto una precisión decisiva. De 1931 data la definición de Blas Infante del andalucismo como «nacionalismo universalista», y, en tal sentido, «antinacionalista». Por eso el andalucista no podría concebirse como «separatista de España»; antes al contrario, lo definía su liberalismo político y su vocación de servir a «la grandeza y fortaleza de la patria única», según se expresaba en el Proyecto de Estatuto de Gobierno Autónomo de Andalucía de ese mismo año.
En el preámbulo de este documento se reconocía que el «espíritu colectivo», «fundamento y esencia de la personalidad regional», más que constituir una presencia impelente, se hallaba aletargado por el centralismo disecador. Por eso se necesitaba con urgencia la autonomía, que daría acceso a la «dirección espiritual» capaz de restaurarle su energía vital. Pero el pueblo trabajador andaluz por entonces ya se había levantado.
Clausurada por la Constitución la tentativa federal, la autonomía era ya el objetivo. En las Bases para el Proyecto de Estatuto andaluz, de febrero de 1932, se volvía a insistir en cuál era uno de los principales estímulos para su conquista: la «evidencia» de que Cataluña se iba a constituir en régimen autonómico determinaba «para Andalucía la necesidad de establecer una organización semejante».
Qué tipo de organización autonómica quería adoptarse distaba de ser asunto pacífico. Destaca Juan A. Lacomba cómo entre 1932 y 1933 se diferenciaron dos posiciones, un «autonomismo radical», impulsado por andalucistas, y un «autonomismo moderado», preconizado por los partidos estatales. Ni siquiera estaba clara la delimitación territorial de la región. Círculos influyentes de Huelva abogaban por la vinculación directa de la provincia al poder central, o por su unión a Extremadura, en beneficio de determinados intereses económicos. Por su parte, las provincias de Jaén, Almería y Granada, rechazando lo que interpretaban como sustitución del centralismo madrileño por el sevillano, abogaban por una región administrativa de Andalucía Oriental.
Estos desencuentros se escenificaron en la Asamblea de Córdoba de 1933. El acuerdo que sostuvo el Proyecto de Bases para el Estatuto allí resuelto distó, pues, de ser unánime, aunque en sus parágrafos quedaron reflejados de modo incontestable principios como la autonomía municipal, y el propósito de alcanzar el tope competencial previsto por la Constitución y por el Estatuto catalán. Los derechos, y las propias atribuciones al poder regional, estaban ya determinadas por la norma fundamental.
El 28-F hubo una coincidencia considerable entre el andalucismo de las clases populares y el ideal de una Andalucía libre y solidaria
La victoria derechista paralizó el proceso de construcción autonómica. La abolición de las incipientes reformas republicanas llevó a la parte más contestataria de las capas populares a buscar salidas fuera de las instituciones. El andalucismo encarnado por Infante, defraudado por la falta de apoyos a la causa y por el rumbo político del país, sucumbió a la desesperanza. Aunque coincidían en la decepción y en la desconfianza hacia el Estado y los partidos, unos dieron pasos revolucionarios mientras otros experimentaron un repliegue elitista.
La cuestión no es que la autonomía andaluza resultase secundaria vistos los problemas socioeconómicos que acuciaban la región. Estos males y los planes para su superación no eran un fenómeno externo a la autonomía política del pueblo andaluz, sino el núcleo mismo del andalucismo popular, que el político, responsablemente adherido a la vía institucional planteada por la República, no pudo catalizar.
No volverían a recobrar vida y a coincidir ambos hasta el último tramo de la dictadura. De todos es conocida esa historia más actual. Lo decisivo para la distinción aquí propuesta es recalcar que la movilización ciudadana identificó entonces con nitidez la causa de la autonomía con la aspiración igualitaria de la democracia social. Se produjo entonces una coincidencia considerable entre el andalucismo de las clases populares y el ideal andalucista de una Andalucía «libre y solidaria».
Numerosos factores la han deshecho. Forjado contra el centralismo absorbente del Estado, el andalucismo político había de perder parte de su razón de ser en un régimen descentralizado. Reacio al reconocimiento de la soberanía originaria del pueblo andaluz e identificado con valores políticos universales, su posición específica había de ser rápidamente integrada y sus reivindicaciones apropiadas con fortuna por partidos progresistas de escala estatal. El problema de la distribución de la tierra y de los frutos del trabajo, clave del andalucismo popular, y punto de engarce entre éste y el político, abandonó aparentemente su centralidad. Sólo subsiste entonces el elemento más externo de la identidad andaluza: la reacción frente al agravio del hecho diferencial catalán.
¿Basta con su componente reactivo para refundar el andalucismo? Algunos actúan como si así fuera. Mas, viviendo un proceso de recentralización estatal, recrudecimiento de la desigualdad y devaluación del trabajo, ¿no renacen las condiciones que permitirían recobrar la ilusión colectiva por una comunidad distinguida por la justicia social? También hay personas afanadas en ello. Y es que si el rasgo peculiar que abraza los andalucismos es su rechazo al privilegio, combatirlo es requisito para su resurrección.
* SEBASTIÁN MARTÍN
Profesor de Historia del Derecho
Fuente: http://www.publico.es/502103/andalucismo-y-pueblo-andaluz-confluencias-y-desencuentros

SIMPOSIO RENTA BÁSICA. QUÉ ES Y VIABILIDAD


Estudios en:
http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/MonograficoSP_2_RENTA_BASICA.pdf

DEL FELIPISMO AL PABLISMO, O DE LA PERPETUACIÓN DEL ENGAÑO...

 

Del “felipismo” al “pablismo”, o de la perpetuación del engaño electoralista del reformismo


“Lo de hoy es una demostración de algo que pone nerviosos a muchos. Hoy empieza a nacer una organización política que está aquí para ganar y para formar gobierno”. Estas palabras fueron pronunciadas por Pablo Iglesias en la asamblea constituyente de “Podemos” como partido. Un partido del cual Iglesias señaló más adelante su característica fundamental, la que lo distingue de otros proyectos: “la diferencia fundamental es que sabemos cómo ganar”. Y posteriormente aclaró cuál sería la estrategia para lograrlo: “Queremos ocupar la centralidad del tablero porque existe una mayoría que apuesta por la decencia”. Todo ello con el propósito de “cambiar el país”. Ese “país”, claro está, como para cualquier españolismo, es España.  
Además de obviamente españolista, estamos ante un proyecto declaradamente electoralista, puesto que su razón de ser es “ganar” (se sobrentiende que elecciones), y cuyo fin manifestado es el gobernar el Estado (“formar gobierno”), lo que creen que lograrán (“sabemos cómo ganar”) a través de “ocupar la centralidad del tablero” (el espacio del centro político) con una propuesta interclasista (para “la mayoría” que “apuesta por la decencia”). Tras esta asamblea, “Podemos” termina de quitarse la máscara revelándose, no como alternativa al Sistema, sino como mera alternativa de poder dentro del Sistema. Como relevo generacional en la “casta”.
Un proyecto político de estas características no tiene nada de novedoso, aunque pretenda venderse así. Más allá de diferencias superficiales en formas, palabras y gestos, es idéntico al que representó el PSOE durante la llamada “transición” y que presento y logró llevarle al poder en 1982.  Pablo Iglesias nos ofrece, con distinto envoltorio y denominación, el mismo producto de marketing político prefabricado en los laboratorios intelectuales del Sistema que hace treinta y dos años ya le vendió a las clases populares Felipe González. En lo fundamental, Pablo Iglesias y “Podemos” transmiten el mismo discurso de regeneración y honradez de aquel PSOE (“cien años de honradez” era su lema). El mismo proyecto de gobierno de “mayoría social” y la misma propuesta de “cambio” (“Por el cambio” fue el lema de campaña del PSOE en 1982)
Al igual que el actual “Podemos”, aquel PSOE también era una organización de jóvenes totalmente desconocidos e ilusionadores que abarrotaban estadios y estaban constantemente presentes en los medios, y que pretendía representar la esperanza de lo diferente y lo nuevo frente a lo viejo, al que se le adjudicaba la responsabilidad del pasado y el presente. Si ahora lo viejo es el PP o el PSOE, entonces eran los abiertamente franquistas y los comunistas. Si ahora se nos vende a la derecha como origen de nuestros males y se nos propone el: ¡todos contra el PP!, entonces también el problema era la derecha y se propugnaba el: ¡todos contra la UCD!
Aquel PSOE también era un partido de aluvión en militancia, que paso en meses de decenas a miles. Y lo fue también gracias a la amplia campaña propagandística que le ofrecieron los medios de comunicación “progresistas” de entonces. Un partido que, en realidad, no tenía más relación con el PSOE histórico que sus siglas. Aunque se hizo ver el Congreso de Suresnes como una renovación, en realidad se trato de una especie de “golpe de Estado” interno, impulsado por una Internacional Socialista al servicio de los intereses estadounidenses, que acabó con el propio PSOE, modificando hasta hacerla irreconocible su ideología pretextando “renovación” (“hay que ser socialistas antes que marxistas” llegaría a proclamar González), y apartando del poder organizativo a sus dirigentes tradicionales, poniendo en su lugar a jóvenes arribistas y ambiciosos, dispuestos a ser unos files lacayos del imperialismo y los futuros constructores de un continuismo neofranquista al servicio del Capital, del que ellos serían sus gobernantes.
Aquellos jóvenes también eran informales y rompedores, entonces simbolizado por la famosa chaqueta de pana de González como ahora por la no menos emblemática coleta de Iglesias, y utilizaban un lenguaje que huía de antiguos conceptos, supuestamente para así hacerse más cercanos y comprensibles a amplias capas sociales. Por ejemplo entonces Alfonso Guerra no hablaba de la clase obrera sino de “los descamisados”, como ahora Pablo Iglesias lo hace de “los de abajo”. También entonces se despotricaba contra los ricos, en ese sentido los mítines de Alfonso Guerra eran antológicos, para después proponer recetas que no rebasaban los límites de tolerancia marcados por la plutocracia. En “Podemos” resulta ejemplificadora la diferencia entre el discurso “radical” contra la deuda y la disponibilidad programática a pagarla
Aquella otra “nueva izquierda”, así era calificada por los medios, no solo logró instituirse como fuerza hegemónica de la izquierda en las primeras elecciones a las que se presento, las de 1977, sino que cinco años después se hicieron con el poder. Y todos sabemos lo que ocurrió tras su triunfo. El “cambio” que promovieron tanto a nivel local como “autonómico” o estatal es el origen de la Andalucía dependiente actual. Gracias a ellos, junto a la contribución del PCE y después de IU, el régimen neofranquista y neocolonialista ha conseguido asentarse y perdurar a lo largo de más de tres décadas en nuestra tierra. Gracias a ellos, con la inestimable colaboración de los sindicatos “mayoritarios”, el pueblo trabajador andaluz sufrió los más graves atentados a sus derechos y estabilidad laboral conocidos hasta entonces. Infinitamente superiores a los que antes ya les había producido la derecha, entonces la UCD. Baste recordar al respecto las sangrantes “reconversiones industriales” o el invento de los “contratos basura”, justificados con aquello de “Mejor un mal trabajo que no tener trabajo” que decía González.
Hoy los hijos nacidos en aquel “felipismo” incurren en los mismos errores en el que ya cayeron sus padres, y las nuevas generaciones compran la misma estampita trucada que las anteriores, en este timo institucionalizado del tocomocho de la “España constitucional”. Y lo hace porque la supuesta “generación más preparada de nuestra historia” adolece de las mismas carencias que las que le precedieron. Más allá de sus conocimientos técnicos, están inmersos en el mismo mar de alienación social, identitaria y de clase que sus ancestros. Y no es de extrañar, puesto que tanto esta generación, como anteriormente la “felipista”, y aún antes la “madura” de la “transición”, no son más que sendas víctimas y consecuencias del franquismo sociológico. Del mismo condicionamiento social inoculado a las clases populares durante la Dictadura y que ha sido mantenido, e incluso aumentado y perfeccionado, por el régimen neofranquista actual.
Creer o decir que vivimos en un “Estado de derecho” y en una democracia, más o menos imperfeta o necesitada de mejoras, pero democracia. Que el Estado en una mera estructura administrativa neutra y neutral que gestiona y vela por lo común, por la “res pública”, a través de los representantes electos, y que, por lo tanto, basta con que se elija a aquellos que pretendan actuar en beneficio de “la mayoría social” mediante sus decisiones y legislaciones para que la realidad política o económica cambie, o tan siquiera puedan crearse posibilidades o generarse condiciones para intentarlo, sólo puede defenderse desde la más profunda de las ignorancias, el más descarado de los reformismos socialdemócratas o el más inmenso de los oportunismos. Solo un ignorante, en el sentido etimológico del término (aquel que desconoce, que ignora), un reformista, en su significado político (aquel que no pretende transformar la realidad, sólo suavizarla), o un oportunista, en su sentido más peyorativo (aquel que carece de ideología, principios y escrúpulos, y sólo aspira a medrar y obtener poder), podrían aseverarlo.
Éste discurso de la posibilidad del cambio político y económico dentro del propio Sistema, que ahora se nos vende como novedoso por parte de “Podemos” y su marca blanca “Ganemos”, ha sido también el mantenido en nuestra tierra tradicionalmente no sólo por el PSOE, igualmente  lo ha sostenido Izquierda Unida, sus partidos federados (PCA, CUT, etc.) y sus derivados más recientes como Izquierda Abierta o el Frente Cívico de Julio Anguita. Este discurso, además, no es más que el que siempre ha propagado la socialdemocracia desde finales del siglo XIX.
En cuanto a la afirmación de la existencia de democracia, constituye el basamento justificativo y amparador del régimen y aquellos que forman parte de él. El continuismo neofranquista se asienta sobre la “verdad” incuestionable e incuestionada del supuesto final de franquismo con la muerte del Dictador y el establecimiento de una democracia durante la “transición”. De ahí el que se pueda degradar o poner en peligro, porque la hay. Y por eso es susceptible de hacerla más participa, de ampliarla, regenerarla o practicarla de forma más honrada, porque existe.
Tanto en el caso de “Podemos”, “Ganemos” o IU, que la mayoría de sus bases lo crean así y lo mantengan por convicción es creíble, siendo por ello inscribibles en el sector de aquellos que lo hacen por mera ignorancia. Por desconocer. Pero el que lo sostengan sus dirigentes, nacidos políticamente todos en el marxismo-leninismo y amamantados la mayoría intelectualmente con estudios universitarios, hace descartar por completo la posibilidad de la ignorancia y sólo permite el etiquetarlos dentro de una de las otras dos opciones: la del reformismo o la del oportunismo. O éstos dirigentes se han pasado conscientemente a la socialdemocracia, o se han degradado al extremo de que sus fines se limitan a prosperar en lo personal y como grupo. En cualquiera de los dos casos, sus radicalismos se reducen a mera impostación superficial.
A poco que se haya profundizado en el marxismo-leninismo, o tan siquiera se posea una visión amplia y objetiva de la realidad, imprescindible para ejercer cualquier liderazgo, se sabrá que los estados burgueses no son simples organismos administradores de los bienes e intereses sociales. Desde una óptica marxista-leninista o el simple ejercicio de la racionalidad científica, son estructuras ideadas y usadas por el Capital para facilitarse el control popular, el monopolio económico y la explotación social. Son instrumentos de los que se vale la burguesía para ejercer su poder sobre las clases populares y especialmente sobre la obrera. Que los Estados nunca podrán representar o satisfacer los intereses de las clases populares, porque su razón de ser es el imposibilitarlo mediante la imposición, la coerción y el ejercicio del monopolio de la fuerza.
También se sabrá que, dado el carácter intrínsecamente opresor y represor de los estados burgueses, sus democracias, las “democracias parlamentarias”, no son ni pueden ser otra cosa que dictaduras burguesas al servicio del Capital. No son ni podrán llegar a ser expresión de los anhelos populares, ni vías institucionalizadas para su consecución, puesto que se encuentran al exclusivo servicio de su enemigo de clase. No hay ni habrá democracias burguesas favorables al pueblo porque fueron diseñadas contra el pueblo. Para impedir su acceso efectivo al poder.
En cuanto a sus gobernantes, igualmente se sabrá que, dado que los estados burgueses son meras herramientas instrumentales al servicio del Capital y, por tanto, todas sus instituciones simples gestoras y protectoras de sus intereses, sus  gobernantes no deciden o determinan realmente nada, sólo dirigen según se les ordena o impone. Son capataces al servicio del amo, del dueño del Estado y sus instituciones, del único que realmente les dicta: el dictador Capital.
Por último también se sabrá que no hay capitalismos buenos. Que toda economía capitalista es esencialmente negativa, contraía a los intereses y necesidades de las clases populares, pues se funda y se sostiene en la desigualdad, ya que el capitalismo no es más que la apropiación por unos pocos de lo que es común en beneficio propio. Que la mayoría viva en la miseria o la subsistencia para que algunos vivan en el lujo no es mal capitalismo, no es “neoliberalismo” o “capitalismo salvaje”, es simplemente capitalismo, el único existente, despojado de máscaras.
Y como consecuencia de ser plenamente conscientes de que el Estado burgués no es más que una maquinaria creada para controlar y encadenar al pueblo, de que sus democracias no son otra cosa que dictaduras del Capital y de que el capitalismo es una economía intrínsecamente ladrona y explotadora, no podrá creer ni defenderá el “Estado del bienestar”, pues considerará al Estado como la causa de la falta de bienestar popular. No podrá creer ni defenderá el “Estado social de derecho”, puesto que considerará que el Estado burgués es esencialmente antisocial, anti-popular, y su “derecho” no es más que la institucionalización del robo del Capital. No podrá creer ni defender ninguna “democracia participativa” o “real” dentro de la democracia burguesa, puesto que considerará que las “democracias parlamentarias” existen para impedir la participación popular y que el pueblo ejerza cualquier poder real en ellas, de ahí que tradicionalmente se las denominase como “democracias formales”, pues sólo lo son en apariencia, en sus formas y formalismos. Y no podrá creer ni defenderá la posibilidad de una economía más justa, o de un mayor y más equitativo reparto de la riqueza, dentro de la economía capitalista, puesto que considerará que el capitalismo no es ni puede llegar a ser justo, ni equitativo, ni repartidor de riqueza, dado que es imprescindiblemente injusto, carente de equidad y opuesto al concepto de reparto. Sabrá por ello que no existe la “economía social de mercado”. Que “el mercado” es el capitalismo y éste es ajeno a toda idea de colectividad o de bien común. Que una sociedad que pretenda asentarse sobre principios de equidad, apoyo mutuo y solidaridad, deberá para lograrlo haber acabado previamente con el  capitalismo.
Si estas realidades tan básicas y estos principios tan incuestionables como atemporales, que siempre han compartido la totalidad de las teorías de la izquierda revolucionaria (leninistas, consejistas, libertarias, etc.), no se conocen o no se comparten por quién se catalogue como anti-sistema, éste carece de la más mínima capacitación ideológica. Sería un ignorante político. Por contra,  si sí se conocen y se comparten, y aun así se proclama y afirma la posibilidad de la existencia de capacidad de decisión real o de participación determinante en el poder por parte del pueblo dentro de un Estado y una democracia burguesa, así como de lograr éste cuotas apreciables de bienestar, prosperidad, justicia o reparto de la riqueza dentro de la economía capitalista, o se es un socialdemócrata, alguien que ha renunciado a la revolución y la ha sustituido por la mera aspiración a la obtención de migajas sociales temporales a cambio de la rendición popular y el colaboracionismo con el Sistema, o se es un oportunista sin principios ni escrúpulos, capaz de engañar, manipular y utilizar al pueblo en su beneficio y el de su grupo.
¿Quiere esto decir que no se debe o es posible luchar por pequeñas mejoras; por lo concreto, lo inmediato y lo acuciante, o que no se tiene que participar bajo ninguna circunstancia y de ninguna manera en los procesos electorales y en las instituciones del Sistema? Claro que no. El mal del socialdemócrata no es el que luche por reformas sino el que limita la lucha a ellas. El que no las trasciende y no las utiliza como palanca de subversión. El mal del electoralista no es presentarse a unas elecciones sino el entenderlas como el fin de la acción política en lugar de como un posible medio, coyunturalmente útil o inútil según sean las circunstancias, y como un medio más para revolucionar. Y el mal del institucionalista no es el acceder a las instituciones, sino el encauzar la actividad política, la suya, la de trabajadores y la de las clases populares, a través de las instituciones en lugar de contra las instituciones, y el no utilizar las capacidades de las mismas contra el propio Sistema y en apoyo y la protección de las luchas del pueblo.
Ejemplos, a un tiempo, de repuesta revolucionaria y actuación reformista ante una necesidad concreta, inmediata y acuciante, la podemos hallar en el movimiento de ocupación y el anti-desahucios, en sus acciones y alternativas al problema de la vivienda. El que se idee, impulse o participe en algo tan inmediato, concreto y acuciante como el impedir que le quiten a las clases populares sus casas, y el que se propugne la alternativa de la ocupación a la carencias de viviendas, es en sí una acción de un nítido carácter revolucionario, en tanto que además de abordar y solventar una problemática específica, incita al pueblo a ser el protagonista de su destino, actuando por sí mismo en lugar de esperar a que se lo solucionase papa Estado o un benéfico gobernante, así como provoca su enfrentamiento directo contra el propio Sistema, su Ley y su sacro santa propiedad privada. Se desarrolla una actividad que ofrece una alternativa a una situación particular, pero al mismo tiempo se la trasciende, convirtiéndola en un medio de agudizar las contradicciones, potenciar el activismo popular y obligar al Sistema a mostrarse al pueblo con su rostro represivo y opresor más descarnado, contribuyendo así  a aumentar el grado de concienciación de las clases populares y atrayéndolas al campo revolucionario. Es una lucha por lo concreto que a su vez es palanca y herramienta de subversión. Imaginaros lo que hubiese supuesto el mantener, proteger y aumentar exponencialmente el enfrentamiento y la ocupación, así como extender esta última a la toma de fábricas, tierras, distribuidoras, etc. Y no como algo excepcional, coyuntural o propagandístico, sino como política de acción directa de masas, de carácter genérico y permanente, destinada a potenciar la autogestión y el poder popular.
En cambio, cuando se propugna o se acepta la “dación en pago”,  los “alquileres sociales” y los “parques de vivienda pública en alquiler” como salidas a la ocupación y los desahucios, se está limitando el carácter y la trascendencia de la reforma a sí misma, además de encauzando institucionalmente la problemática y extrayendo de ésta toda su potencialidad subversiva. Si impedir a la “justicia” y a las “fuerzas del orden” el que ejecuten desahucios es subvertir “el orden establecido” y colocar al pueblo frente al Sistema, el condicionar dicha oposición a que sólo te quiten la casa, a que no lo hagan durante un tiempo, a que te dejen en ella cambio de un alquiler módico o de otra que te cedan temporalmente igualmente pagando, es subordinar la reivindicación dentro de “los cauces establecidos”, circunscribirla a lo asumible por el Sistema, y conciliar al pueblo con éste. Si el mantener y generalizar la ocupación es anteponer la propiedad colectiva a la propiedad privada y por tanto es acción anticapitalista y priorizar “la finalidad social de la vivienda”, el limitar la ocupación o abandonarla a cambio de daciones en pago y alquileres sociales es anteponer la propiedad privada a la propiedad colectiva, y por tanto la convierte en una acción pro-capitalista encubierta al priorizar una finalidad financiera, especulativa y particularista de la vivienda. Es simplemente reformismo contra-revolucionario.
En cuanto a los procesos electorales y las instituciones del Sistema, dado que se es consciente de lo que son y representan el Estado burgués, su “democracia” y la economía capitalista como instrumentos de opresión y explotación de las clases populares, para el revolucionario, para aquel que pretende transformar de forma radical una realidad social, política y económica contraria al pueblo y a sus intereses, para aquel que quiere acabar definitivamente con esos tres grandes enemigos del pueblo y la clase obrera: el Estado Burgués, su “democracia”, y la economía capitalista, las elecciones y las instituciones no pueden ser tomadas como fines ni medios de la acción política, sino sólo como posibles herramientas, no del cambio social, sino de subversión y apoyatura a la lucha de masas en la calle, contribuyendo a sus victorias contra el Estado, su “democracia” y la economía capitalista, actuando en las mismas como saboteadores y sus “quinto-columnistas”. Por tanto, la participación en procesos electorales e  instituciones dependerán, en cada coyuntura, de la existencia o carencia de unas condiciones objetivas y factibles para hacer posible el utilizar las estructuras del Sistema contra sí mismo.
El revolucionario no pretende la estabilidad y el desarrollo de la democracia burguesa sino su inestabilidad y destrucción. Actúa para lograr socavar los pilares sostenedores del Sistema, el Estado y sus instituciones. Su meta no es mejorarlo sino derribarlo. Hacia ese objetivo último encamina y condiciona todas sus propuestas y acciones. Por lo tanto no aspirará a  “contribuir a la gobernabilidad” del Estado burgués y de su “democracia” sino a su ingobernabilidad. No aspirará a “gobiernos de progreso” sino a acabar con los gobiernos para que el pueblo y sus intereses progresen. No aspirará a “ganar”, a gobernar el Estado, sino a que el pueblo se auto-gobierne anulando el poder del Estado sobre él. No aspirará a la construcción de una más "real" o más “participativa” democracia burguesa, no pretenderá “profundizar su democracia”, sino a destruirla para hacer posible la única democracia real y participativa, el autogobierno popular. No aspirará a una economía y a un mercado más justos y equitativos en el capitalismo, sino a terminar con el Capital para hacer posible una economía y un mercado realmente social, el socialista.
En cuanto al caso específico del Estado Español impuesto, además de encontrarnos ante un Estado burgués al que, por tanto, le es aplicable todo lo expuesto hasta ahora, se le unen dos particularidades determinantes. Dos características propias que lo singularizan. El tratarse de un Estado conformado en régimen continuista neofranquista y el haberse originado en la adaptación del antiguo Imperio Español en superestructura imperialista por el capitalismo.
Si a la represión propia de todo Estado y democracia burguesa, y a la explotación derivada de cualquier economía capitalista, se le suman los pluses ser una “dictablanda” continuadora de las instituciones de un régimen autoritario, así como constituir una superestructura destinada a mantener la ocupación y esquilmación de las naciones y pueblos bajo su control , el sostener la posibilidad del cambio social dentro de dicho Estado o a través de él; de su administración  local, “autonómica” y central, resulta totalmente ridículo y es absolutamente irracional.
Si afirmar la posibilidad de existencia de capacidad de decisión, de participación o incluso de control del poder por parte del pueblo dentro de un Estado y una “democracia” burguesa, de un “proceso de empoderamiento” que dirían los “actualizados”, así como de lograr cuotas apreciables de bienestar, prosperidad, justicia o reparto de la riqueza dentro de la economía capitalista, si no es fruto de la ignorancia lo es del más necio y ciego de los reformismos o el más condenable de los oportunismo, el sostener la existencia de estas posibilidades dentro de un Estado que además es imperialista y colonialista, y de unas instituciones que son herederas de un régimen totalitario, si no es el producto del más desorientado e incapacitante de los desconocimientos lo es el de la más imperdonable y despreciable de las traiciones.
El Sistema se sirve de dos elementos principales para mantener entre las clases populares la ilusión de la participación en el poder y la determinación de decisiones dentro de los estados burgueses y sus “democracias parlamentarias”: Por un lado el de los procesos electorales y los referéndums, y por otro el de los gobiernos y los parlamentos. A través del voto hace creer al pueblo que son ellos los que deciden sus destinos y los de su país, y  mediante los regidores locales, “autonómicos” y estatales le convence de la existencia de una soberanía nacional y popular. De que la nación y sus ciudadanos son libres y los dueños de sí mismos. Es en ambas ilusiones, en ambos opios del pueblo, en los que se asientan la posibilidad y la capacidad del capitalismo de mantener su dominio social y la esclavitud económica. En realidad, ni el voto determina ni el gobernante decide. Al igual que a nivel económico el capitalismo monopoliza los medios de producción, elaboración y distribución, a nivel político monopoliza el poder ejerciendo una férrea dictadura. Nada dentro de sus estados escapa a su más absoluto control. El que no sea visible no indica que no suceda, sólo el grado de perfeccionamiento alcanzado.
Otro de los mecanismos de que se vale el Capital para mantener viva la ilusión de la existencia de democracia es el “pluralismo político”. La supuesta existencia de diversidad de opciones y proyectos políticos y sociales dentro del Sistema resulta esencial para hacer realmente creíble la “democracia parlamentaria”. Lógicamente, tal pluralismo no es más que otra apariencia. Dentro del Sistema sólo se permiten opciones y proyectos que supongan variantes dentro de una misma y unívoca visión de la realidad, la de la ilusión democrática y reformista. Las que no entran dentro de ellas son marginadas o destruidas, dependiendo del riesgo que conlleven para el “orden establecido”, o sea para el mantenimiento del poder por parte del Capital. Y si son toleradas las anti-sistema es solo por no suponer peligro alguno para él en el presente, además de que con esa permisividad controlada se refuerza la ilusión democrática y plural.
El reformista participa del engaño electoral y de gobierno como protagonista fundamental. El reformismo desempeña el papel del representante popular capaz de vehicular esa posibilidad ficticia de acceso al poder “indirecto”, a través de ellos, por parte del pueblo, y de la capacidad por parte de estos de determinar su presente y su futuro a través de gobiernos e instituciones “democráticas”. La realidad es, evidentemente, el que las decisiones las toma el Capital y se las impone a la población mediante esos gobernantes e instituciones. Y esos reformistas lo saben. Saben que si “ganan” serán solo capataces, los manijeros del amo del cortijo, pero en el mejor de los casos, se conforman con ello creyendo que a cambio de su claudicación lograrán del dueño algunas mejoras en las condiciones de vida de las clases populares, siempre y cuando, claro está, estas no alteren su poder y su control. Esa es la mentalidad socialdemócrata. El reformista es un embaucador del pueblo. El que engaña y arrastra a la derrota a las masas. El que lo haga de forma consciente o inconsciente no modifica este hecho. El reformista es el contenedor, desmovilizador y encauzador de los movimientos de masas en favor del Sistema.
El embaucamiento popular del reformismo tiene como objetivo el del mantenimiento del statu quo a través de invisibilizarle a sus enemigos de clase y los porqués de sus problemáticas. Un ejemplo actual es la campaña del reformismo señalando a los gobiernos del Partido Popular como los causantes y los culpables de la situación económica y social. El problema de las clases populares andaluzas no es el PP, que se limita a ejecutar las órdenes recibidas, al igual que lo hizo antes el PSOE y lo hará después el que lo sustituya, el que “gane”, ese es el trabajo de los capataces. El problema del pueblo trabajador andaluz es el capitalismo, el que le ordena a sus capataces políticos, y el Estado que le sirve. Decir otra cosa es mentirle al pueblo y propiciar su derrota desviando su atención y su rumbo de la meta libertadora. Y eso es precisamente lo que se pretende lograr poniéndole delante de sus ojos la venda del PP o la del PSOE. Los capataces también cumplen ese papel, el cargar con las responsabilidades del dueño y la animadversión de los trabajadores para desactivar sus luchas, salvaguardar al amo y protegerle su propiedad.
Desde la coherencia revolucionaria y la responsabilidad para con nuestro pueblo, ni se puede caer en la trampa socialdemócrata ni se puede permitir que el pueblo trabajador andaluz sea de nuevo arrastrado por el engaño del electoralismo reformista más burdo. Lo defienda quien lo defienda y sean cuales fuesen sus intenciones, el resultado será el mantenimiento de la Andalucía dependiente y el de unas clases populares expoliadas. Plantemos cara a los nuevos socialdemócratas y démosles la réplica: Todos contra el PP no, todos contra el Estado opresor, la economía de la explotación y sus servidores políticos. Todos contra España y el Capital.
Francisco Campos López
Fuente: http://www.laotraandalucia.org/node/1966