El
asesinato de Blas Infante no constituyo uno más entre los múltiples
crímenes realizados por la reacción en aquellos aciagos días. Su muerte
no sólo formaba parte de la orgia de sangre conscientemente
desencadenada por militares y fascistas tras el golpe del 18 de julio.
Acabando con él no se pretendía solamente provocar terror y
desembarazarse de un enemigo.
Acabar con Blas Infante poseía connotaciones que lo convertía en
singular y excepcional. Matándole, los fascistas pretendían excluir del
horizonte toda posibilidad de despertar popular. Acallando su voz se
buscaba impedir cualquier posibilidad de inicio de un proceso de
liberación integral, nacional y social. La sentencia que lo condenó
trasluce hasta qué extremo los golpistas lo tenían claro y cómo
asesinándolo creían erradicar toda potencialidad futura de levantamiento
provocada por esa conjunción letal para el Sistema de insurrección
identitaria y de clase, de lucha global como pueblo trabajador, que el
ideario andalucista contenía y conllevaba.
Y es que, a pesar de que algunos de los que se autocalifican de
seguidores suyos pretenden hoy ocultarlo o minusvalorarlo, Blas Infante
no sólo fue condenado por pretender “la constitución de un partido
andalucista”, como suelen resaltar. No era sólo el hecho nacional el
único peligro representado por él y su movimiento, sino también por
haber formado parte “de una candidatura de tendencia revolucionaria”,
aspecto este que suelen olvidar citar y obvia intencionadamente el
actual “andalucismo” oficial: PA, Fundación Blas Infante, etc.
Para este régimen, heredero y continuador del que le asesinó, el
andalucismo y Blas Infante son hoy tan peligrosos como para sus
antecesores. De ahí que si entonces se le mato para acabar con su
mensaje, y temporalmente se logró, pues nadie quiso o supo continuarlo,
desde la instauración del actual se manipule su figura y tergiversen sus
ideas. Porque el andalucismo atenta directamente contra el “orden
establecido” se le sigue matando hoy intelectualmente.
¿Qué es el andalucismo?
Para comprender el porqué de ese peligro intrínseco representado por
Infante y el conjunto de su ideario para el Sistema habrá que
preguntarse qué es el andalucismo. Cuál era el proyecto de país y
sociedad propugnado por Blas Infante y el “andalucismo histórico”. Y
para responderlo no es necesario realizar sesudas investigaciones, pues
lo proclamaron en infinidad de ocasiones. Tanto en las asambleas
andalucistas de Ronda y Córdoba como en los escritos del propio Infante
se subraya constantemente que el objetivo del andalucismo político era, y
por tanto sigue siendo, el hacer realidad, el llevar a la práctica, los
contenidos de la Constitución Andaluza de 1883. Y ante todo su primer
artículo, el que proclama la soberanía de Andalucía.
Tal y como dejó escrito Blas Infante, su meta política y la del
andalucismo era lograr “una Andalucía soberana constituida en democracia
republicana”. Una Andalucía libre conformada en República, en Estado
soberano propio, tal y como se instituye en el artículo primero de la
Constitución Andaluza. Una soberanía que no es concedida. Que nos
pertenece por derecho propio y que es ejercida plenamente, sin límites
ni condicionantes. Por eso en la Constitución Andaluza, tras proclamar
que “Andalucía es soberana”, y especificar que “se organiza en una
democracia republicana”, añade que “no recibe su poder de ninguna
autoridad exterior”.
Un Estado propio que, además, es expresión jurídica de un poder
popular andaluz real y efectivo, como queda igualmente transcrito en
dicha constitución. Una lectura de su articulado trasluce el que la
conformación de dicho Estado no tiene nada que ver con las “democracias
representativas” de los estados burgueses al uso, sino que configura una
autonomía nacional y un autogobierno popular. De ahí el que Infante le
denominase Estado Libre, porque en lugar de estructura opresora,
represora y usurpadora, es expresión de la auto-organización popular.
Por otro lado, el mismo desarrollo de dicho articulado no sólo
supondría la construcción de un modelo de democracia popular; directa,
horizontalista y asamblearia, sino que conllevaría la prefiguración de
una sociedad y una economía socialistas. Que Blas Infante formase parte
de “una candidatura de tendencia revolucionaria” no fue una excepción en
su trayectoria. A lo largo de toda ella fueron permanentes sus
esfuerzos por lograr una unidad de acción transformadora entre
andalucistas, marxistas y libertarios. Y no como mera estratégica, sino
por el carácter revolucionario del propio andalucismo, derivado tanto
del pensamiento de Blas Infante como de esa asunción de los contenidos
socializantes de la Constitución Andaluza.
Obviamente el andalucismo era y es un movimiento nacionalista, pues
defiende la existencia de una nación andaluza y la de un pueblo andaluz,
y como lógica consecuencia, los derechos y libertades inherentes a toda
nación y todo pueblo: sus respectivas soberanías. La tan conocida como
tergiversada afirmación de Blas Infante acerca de que su nacionalismo
antes que andaluz era humano, utilizada hasta la saciedad por el
regionalismo para “probar” el carácter no nacionalista de su ideario y
el del andalucismo, por el contrario es una inequívoca declaración
nacionalista, pero desde una óptica antiburguesa, antiestatista e
internacionalista. De ahí lo de “humano”. Ese es el sentido y
significado de su supuesto “nacionalismo antinacionalista”.
Pero el andalucismo va mucho más allá. Era y es un movimiento de
liberación global, nacional y popular, patriótica y de clase,
antiimperialista y anticapitalista, que entronca con la tradición
revolucionaria de los movimientos de liberación nacional de los pueblos
colonizados. La propia denominación del movimiento conformado como
expresión política de aquel andalucismo lo subraya: Junta Liberalista.
Ese término, “liberalista”, es adoptado como sinónimo de liberación.
El Partido Andalucista
A finales de los sesenta surge un grupo político en nuestra tierra
con el nombre de Alianza Socialista de Andalucía (ASA). Un pequeño
colectivo formado fundamentalmente por profesionales liberales urbanos
en torno a la figura y el liderazgo de Alejandro Rojas Marcos, miembro
de una opulenta y tradicional familia de la burguesía industrial
sevillana, y que ya había demostrado su capacidad de oportunismo
político llegando a presentarse y ejercer como concejal “por el tercio
familiar” durante la Dictadura, lo cual, por cierto, conllevaba jurar
lealtad a Franco y a los “Principios Fundamentales del Reino”. La
constitución fascista.
ASA era un grupo más, como tantos constituidos en el tardofranquismo,
cuyas aspiraciones no iban más allá del establecimiento de una
democracia formal equiparable a las europeas contemporáneas. Un
colectivo que, como todos ellos, apenas pasaba de ser algo más que un
grupo de amigos, sin presencia en la calle, y menos aún influencia en
las clases populares. Que no os despiste lo de “socialista” y lo de
“Andalucía”, que no eran más que sinónimo de reformismo y regionalismo.
En el día a día de la lucha antifascista sólo existían los
comunistas, el PCE y los grupos marxistas a su izquierda, así como
algunos colectivos libertarios. El hecho de que la calle fuese un
monopolio de la izquierda fue lo que impulso a muchos de estos grupos a
adjetivarse como “socialistas”. Socialismo equivalía a “izquierda
moderada”, a progresismo reformista que en lo social no iba más mas allá
de las propuestas de “capitalismo con rostro humano” defendidas por una
socialdemocracia centroeuropea que tras la II Guerra Mundial abandonó
el marxismo, quedando reducida, ideológicamente y en sus metas, a un
mero social-liberalismo.
En cuanto a lo de “Andalucía”, no poseía más connotaciones que la de
delimitación territorial de actuación. Dado que el espacio político del
“socialismo democrático” estatal ya estaban copados por el PSOE y el PSI
(Partido Socialista del Interior, posteriormente Partido Socialista
Popular), diversos colectivos adoptaron la cuestión territorial como
forma de búsqueda de espacio propio. En lo político, su defensa del
territorio no pasaba de un mero regionalismo. Una defensa de
descentralización de gestión regulada a través de “estatutos de
autonomía”. Así, ASA presentó su propuesta de “estatuto de autonomía”
para Andalucía como proyecto estrella.
El autonomismo de ASA no tenía nada que ver con el pasado, con el
andalucismo histórico. No era un intento de continuación del proyecto
infantista. De hecho aquellos “socialistas andaluces” incluso ignoraban,
al principio, la propia existencia de Blas Infante y la del mismo
andalucismo histórico. Blas Infante y el andalucismo no fue el origen de
ASA sino algo con lo que ASA se encontró con posterioridad y que puso
al servicio de su proyecto reformista y regionalista, como una especie
de mitología originaria necesaria para justificarlo.
El descubrimiento de Blas Infante y el andalucismo, así como su
utilización como basamento mitológico justificativo de un proyecto
político sin relación real alguna con ambos, conllevó el inicio de una
nueva etapa, con la transformación de ASA en el Partido Socialista de
Andalucía (PSA), tras la muerte del Dictador. Un partido que mantendría
inalterada la misma ideología reformista y regionalista de ASA pero
ahora amparada en la figura de Infante y envuelta en un andalucismo cuya
relación con el original no sobrepasaba su propia denominación, así
como en la adopción como propia de la simbología andalucista: bandera,
himno, etc.
En un principio, al reclamo de esos símbolos y en la creencia del
carácter andalucista y socialista de su proyecto, muchos andaluces bien
intencionados se unieron a él. El PSA llegó a contener a sectores
obreros apreciables y a poseer incluso tendencias revolucionarias en su
seno. Pero sus dirigentes siempre supieron detentar el poder y anular
cualquier intento de que el partido se convirtiese en algo más que una
herramienta al servicio de sus ambiciones.
El PSA pudo haber sido el instrumento político de la liberación de
Andalucía y del pueblo trabajador andaluz en la segunda mitad de los
setenta. Todo le era favorable. Le hubiese bastado con impulsar el
movimiento espontáneo surgido en torno a las manifestaciones de aquel 4
de diciembre y haber mantenido en pie aquella rebeldía popular. En
cambio, sus líderes lo sumergieron en el juego de la transición y del
autonomismo. EL PSA llegó a ser un elemento clave para el régimen, en
aquellos años, a la hora de controlar y desmantelar el espíritu del 4D,
así como para el triunfo y asentamiento del sucedáneo autonomista del
28F.
Andalucismo y Partido Andalucista
El Partido Socialista de Andalucía (PSA), posteriormente Partido
Socialista de Andalucía - Partido Andaluz (PSA-PA), y finalmente
simplemente Partido Andalucista (PA), nunca ha sido un partido realmente
andalucista, aunque su nomenclatura y simbología lo aparentase, y sus
bases lo creyesen, fruto de una obvia ignorancia ideológica. Sus
dirigentes nunca han aspirado ni pretendido que el PA fuese algo más que
una organización regionalista utiltarista. Basta con realizar una
comparativa entre lo que Infante y el andalucismo pretendía y defendía
con las ideas y propuestas del PA para comprobar las abismales e
insalvables diferencias.
Aunque pudiese parecer una afirmación contradictoria, cuando pasó a
denominarse como PA, con ello simbolizó el final de toda relación con el
andalucismo y cualquier grado de engarce con él. No es que fuese
entonces cuando lo abandonó, pues nunca llego a adoptarlo más allá de en
lo aparente y superficial, sino que a partir de entonces mostró
abiertamente su carácter regionalista, interclasista y conservador. La
exclusión de la “s” supuso su visualización.
¿Cómo va a ser andalucista un partido que nunca ha enarbolado la
Constitución Andaluza como propia, ni la ha convertido en base de su
proyecto político? ¿Cuando algún dirigente del PA ha afirmado de sí y su
partido, como lo hizo Blas Infante, que aspiraban a una “Andalucía
soberana constituida en democracia republicana”? ¿Cuándo en un documento
del PA se ha declarado algo semejante a lo escrito por aquellos
andalucistas en el Manifiesto de la Nacionalidad, sobre “hacer efectiva
la prescripción del artículo primero de la Constitución Andaluza… que
aspiraba a constituir en Andalucía una democracia soberana y autónoma”?
El PA tampoco ha sido nunca un partido nacionalista andaluz. ¿Cómo va
a ser nacionalista andaluz un partido en el que incluso el mismo uso
público del término “nación”, en referencia a Andalucía, ha sido
considerado “radical” hasta hace unos años? ¿Cómo va a ser nacionalista
andaluz un partido en el que el hablar de “soberanía andaluza” aún hoy
es tabú, no digamos ya su pública defensa y la apuesta por una República
Andaluza? ¿Cómo va a ser nacionalista andaluz un partido que siempre ha
defendido la españolidad de los andaluces, así como la existencia de la
compatibilidad entre ambas identidades en el seno de nuestro pueblo?.
De la cuestión social y del socialismo andaluz ni hablamos. No hay nada
acerca de lo que debatir al respecto en, al menos, los últimos treinta
años del PA.
Un “andalucismo” y un “nacionalismo” reducidos a la adopción de
símbolos como la bandera el himno o la figura de Infante, y a vaguedades
como el “sentirse orgulloso de ser andaluz”, la defensa de un
autonomismo “de primera”, la no discriminación de Andalucía con respecto
a otras “comunidades autónomas”, el ser una organización formada por
andaluces y con una estructura territorial andaluza, o el velar
exclusivamente por los intereses andaluces, no es andalucismo ni
nacionalismo andaluz, solo es catalogable como regionalismo andaluz.
¿El final del andalucismo o el del regionalismo andaluz?
Consecuentemente, lo que actualmente agoniza, aquello que se va a dar
por finiquitado el 12 de septiembre, no es la versión actual del
“andalucismo político”, algo que el PA nunca fue y que sólo representó
por suplantación de la denominación, sino la del regionalismo andaluz
contemporáneo. Y precisamente ha sido el poseer ese ideario y esas
estrategias meramente regionalistas lo que le ha arrastrado hasta su
desaparición, no su inexistente “andalucismo”. Es cualquier forma de
regionalismo andaluz, no el andalucismo, lo que ya no tiene cabida ni
hueco en nuestra tierra. Y mucho menos aún futuro.
Al dejar su “andalucismo” reducido a un mero regionalismo andaluz,
este ha sido fácilmente absorbible por los partidos estatalistas. Con
ninguno de ellos entraba en contradicción con sus principios y proyectos
el asumir una bandera, un himno, la “a” en sus siglas, etc. También
ellos podían argüir que sus dirigentes eran autóctonos y enarbolar la
defensa de nuestros intereses autonómicos dentro del sacrosanto Estado
único, y ese victimismo crónico que siempre miraba al vecino vasco o
catalán como culpable pero nunca a España. Así lo hicieron y dejaron al
PA sin espacio político distinguible ni argumentarlo diferenciador.
Todos ellos se envolvieron en la bandera, alababan a Infante y se
rasgaban las vestiduras ante toda supuesta discriminación con respecto a
otras “comunidades autónomas”, dejando al PA políticamente desnudo.
Pero lo que nunca han adoptado ni podrían adoptar como propios es el
ideario andalucista real y un nacionalismo andaluz coherente. ¿Os
imagináis al PP, el PSOE, IU, Ciudadanos, Podemos, etc. asumiendo y
proclamando la defensa de una Andalucía soberana constituida en
democracia republicana? Un pueblo trabajador andaluz en plena posesión y
ejercicio de su soberanía a través de una República propia de carácter
democrático-popular es totalmente inaceptable para cualquier proyecto
españolista, sea “nacional” o estatal, pues lo impide y excluye. Ese
espacio político nunca podrían cubrirlo, de ahí que el interés de todos
ellos radique en impedir su desarrollo. Todo avance andalucista
conlleva un retroceso equivalente del españolismo.
¿Refundación del andalucismo?
El final del PA, el lógico y esperable fin de un regionalismo andaluz
que ya carece de utilidad práctica para el Sistema, que lo tiene más
que amortizado, habiendo contribuido en gran medida al mantenimiento de
la alienación de nuestro pueblo y la dependencia de nuestro país, así
como a taponar el reforzamiento de un andalucismo verdadero que
revertiese dicha situación, está conllevando el que se hable de la
necesidad de la “refundación del andalucismo”, como si el PA lo hubiese
representado alguna vez y con su desaparición el “andalucismo político”
quedase huérfano de organización.
Si por “refundación del andalucismo” se sobreentiende volver a
reeditar un conjunto de ideas regionalistas y proyectos reformistas
semejantes a los representados hasta ahora por el PA y otros colectivos
“andalucistas” que no han superado aún el autonomismo y esta
“democracia”, pero envueltos en nuevas formas de expresarlas y
exponerlos (municipalismos, federalismos, democracias participativas,
etc.) o en diferentes formas organizativas (movimientos más abiertos,
menos estructurados, etc.), significa que no se ha entendido nada. Todo
regionalismo andaluz, sea de carácter más “progresista” o “moderado”,
está de antemano condenado al fracaso. Esos espacios están ya ocupados,
sea por el viejo españolismo y estatalismo de siempre (PP, PSOE, IU,
etc.) o el renovado y actualizado (los podemos, ganemos, ahoras, etc.)
Si por “refundación del andalucismo” se sobreentiende la construcción
de un movimiento que rechace la senda regionalista y reformista del PA.
Que retome el proyecto de liberación global, nacional y social,
propugnado por Blas Infante y defendido por el andalucismo histórico,
esa “refundación” ya se produjo en los noventa con el surgimiento de la
izquierda independentista andaluza. En ella se deposita, renueva y pone
en marcha la continuación del proyecto en su integralidad; en sus
aspectos soberanistas, populares y nacionales, y en los
anticapitalistas. Independencia y socialismo es la traducción al
lenguaje de hoy de la Andalucía libre infantista.
Todo nuevo proyecto político andaluz, se llame como se llame, sean
cuales sean su intenciones manifestadas, sean quienes sean los que lo
impulsen y sean cuales sean sus trayectorias, si no es nítidamente
antisistema, o sea, soberanista, antiespañol y anticapitalista, si no
propugna sin ambages la ruptura con el régimen actual, si no niega
abiertamente su Estado, su autonomismo y su "democracia", si no rechaza
toda construcción social y económica que no se asiente sobre bases
socialistas, y todo ello no solo en su teorización y metas finalistas,
sino en sus praxis, ámbitos de actuación y estrategias, tanto genéricas
como concretas, no es ni llegará nunca a formar parte del “andalucismo
político”, tan siquiera es o será algo realmente “nuevo”, sólo
constituirá otra reedición remozada del PA y, como tal, llamado a
desempeñar el mismo papel de siervo del españolismo y a sufrir idéntico
fracaso y final.
Francisco Campos López
La Otra Andalucía http://www.laotraandalucia.org/node/3215